El período neoliberal que le sucedió, se ha caracterizado en el plano político por la existencia de las “democracias controladas”. Las luchas sociales contemporáneas han sido marcadas, no solamente por una oposición masiva frente al proyecto del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), sino también por numerosos movimientos que se manifiestan en contra de las privatizaciones. Desde el punto de vista sectorial, han resurgido los movimientos campesinos, los de los pueblos indígenas, los de los obreros, los de las clases medias, los de las mujeres, los políticos y los religiosos. Se han desarrollado convergencias durante los años 90. Estas iniciativas se caracterizan por la utilización de los nuevos medios de comunicación y por su aspiración a encontrar formas más participativas de democracia. Ellos se han confrontado ante nuevos desafíos: las relaciones con lo político, la necesidad de convergencias anti sistémicas, la criminalización de los movimientos sociales y la militarización del continente.
El continente latinoamericano, que vio nacer el primer Forum Social Mundial de Porto Alegre en Brasil, se ha convertido en el símbolo de las convergencias entre los movimientos sociales, al igual que lo es el Otro Davos frente a los poderes dominantes del capitalismo mundial. Resulta muy importante analizar el terreno sobre el cual se ha desarrollado esta iniciativa, si queremos comprender ciertos aspectos de fondo.
I. Las resistencias y las luchas en su contexto histórico
Las luchas contemporáneas se inscriben dentro de una historia que resulta importante recordar cuando abordamos su descripción y su análisis. En efecto, fue con el capitalismo mercantil que comenzó la historia de la inserción del continente en la economía mundial, dominada en esa época por Europa. El saqueo de las riquezas de la región contribuyó a la acumulación primitiva, la cual permitió el desarrollo industrial europeo. Los costos humanos fueron dramáticos: el genocidio de los indios de América, por una parte, y la esclavitud de los africanos, por otra.
El capitalismo industrial instauró su dominación económica en el continente, pero sin establecer colonias reales, tal y como pasó en África o en Asia. En efecto, fueron las minorías blancas o creoles, las cuales decretaron la independencia de sus antiguas metrópolis, las que hicieron imposible la recolonización. Los conflictos en el seno del sistema se tornaron rápidamente a favor de los intereses de Inglaterra, primeramente, y de los Estados Unidos después, quienes elaboraron la Doctrina Monroe (América para los americanos).
Durante estos dos períodos, las luchas sociales fueron numerosas. Solo baste con recordar algunas de ellas. Hubo las guerras que llevaron a cabo los pueblos autóctonos en todo el continente para retardar su tutelaje, y las revueltas de los esclavos sobre todo en el Caribe: Cuba y Haití. Los movimientos campesinos le dieron la bienvenida a las primeras introducciones de capitalismo agrario, por ejemplo en Brasil, con los movimientos religiosos de protesta social.
Durante todo el curso de los siglos XIX y XX se apreciaron, dentro del seno de los grupos sociales dominantes, divisiones entre los conservadores y los liberales, generalmente expresadas en la contradicción entre los intereses de las oligarquías agrarias (conservadoras) y las posturas favorables a la modernización capitalista (liberales).
A principios del siglo XX hubo en México una revolución política y social, de carácter nacionalista, antimperialista y agraria (Zapata y Pancho Villa). En la medida en que las industrias locales se desarrollaban, las cuales eran importantes en el Cono Sur, Colombia y México, pero marginales en los restantes países, las luchas obreras hicieron su aparición. Ellas se enfrentaron a una feroz represión. Testimonio de ello resulta la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, en Chile, la cual le costó la vida a miles de trabajadores del cobre, que se encontraban en huelga contra las empresas controladas por el capital norteamericano.
En resumen, la inserción subalterna de América Latina en el capitalismo mundial no data de la actualidad y ha creado situaciones de injusticia y destrucciones culturales profundas, las cuales originaron luchas sociales muy severas. Pero la principal característica de la época contemporánea es la orientación neoliberal de la economía mundial: el Consenso de Washington. Y el continente ha sido sacudido directamente por las políticas de privatización y de liberalización, y, por ende, las luchas sociales que se han desarrollado portan su huella indeleble.
II. El continente como periferia económica, política y cultural
El continente latinoamericano se considera, a menudo, como una entidad geográfico - económica específica. Ello se verifica, sobre todo, en la política de los Estados Unidos y de las instituciones financieras internacionales al respecto. Sin embargo, las situaciones nacionales son muy contrastantes, y las formas que toman las luchas sociales varían de un país a otro o de una región a la otra, en dependencia de factores tales como el grado de industrialización, la resistencia de las oligarquías agrarias o la importancia relativa de los pueblos autóctonos.
Después de la época de desarrollo nacional, basada en la sustitución de las exportaciones por las producciones locales (desarrollismo) y, en consecuencia, centrada en el mercado interno, del cual la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) fue protagonista, el continente comenzó su reinserción en el capitalismo mundializado.
El modelo precedente se erosionó con rapidez, sobre todo a causa de los precios que tenían las transferencias de tecnologías y la adquisición de know how, y lo mismo pasó en todo el resto de los países del Sur (modelo de Bandoung, según la expresión de Samir Amin). La llegada de las dictaduras militares creó las condiciones políticas y sociales necesarias para el paso de una economía basada en el mercado interno hacia una economía subalterna ante el imperialismo económico. Las inversiones del capital extranjero crecieron fuertemente, consolidando la estructura monopolística de las economías nacionales.
Con el fracaso del modelo de desarrollo nacional, la izquierda sufrió en numerosos países un derrumbe político y divisiones internas. Ello se reflejó en las crisis del populismo en Brasil, en Argentina, en Colombia, y en los inicios de la militarización del sistema político. Las dictaduras militares impusieron el abandono del modelo de desarrollo nacional, la supresión de las reformas socialistas en el caso del Chile de Pinochet, y la apertura de las economías nacionales al mercado internacional. La represión de los movimientos sociales y políticos fue salvaje.
En América Central y en una parte del Caribe, las estructuras económicas agroexportadoras, enmarcadas por las dictaduras apoyadas por los Estados Unidos, hicieron nacer nuevos movimientos populares nacionalistas armados, los cuales tomaron el poder en Cuba, Nicaragua y Haití. Solamente Cuba se resistió ante la inserción directa en el sistema económico dirigido por los Estados Unidos, pero esto tuvo el precio del embargo.
Durante este período de enfriamiento de los movimientos sociales en el continente, las Iglesias Cristianas, y en particular la Iglesia Católica, en renovación gracias al Concilio Vaticano II y a la Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano de Medellín de 1968, ofrecieron importantes espacios de reflexión (teología de la liberación) y de acción social (comunidades eclesiásticas de base).
Ante la amplitud de las manifestaciones y de las presiones sociales y políticas, los militares se retiraron del escenario, suscitando una inmensa esperanza de justicia social y de participación política. Los resultados de las transiciones democráticas no estuvieron, sin embargo, a la altura de estas expectativas: la impunidad de los antiguos dirigentes, la persistencia del clientelismo y de la corrupción y la concentración del poder político y económico en las manos de las élites, fueron los síntomas de la imposibilidad de lograr la transformación “desde arriba”.
Por otra parte, los medios de comunicación permanecieron controlados por los grandes grupos económicos, los organismos financieros internacionales no le permitieron casi ningún margen de maniobra a las políticas nacionales y la deuda externa explotó literalmente. Todo ello estuvo contra el ejercicio de una democracia realmente representativa.
El neoliberalismo se implantó rápidamente, sobre todo bajo la influencia de los organismos financieros internacionales (FMI, Banco Mundial), quienes impusieron sus condiciones de crédito (entre otras, los planes de ajuste estructurales), exigiendo rigor en las políticas monetarias, la reducción de las funciones del Estado y la disminución de sus gastos, a través de las privatizaciones, el pago regular del servicio de la deuda, etc.
Todo ello se correspondía con la política mundial de restablecimiento de las tasas de acumulación del capital. Y esto permitió a la Tríada (Estados Unidos, Europa, Japón) reforzar su posición de centro de la economía mundial y redujo a América Latina a su rango tradicional de periferia. Los poderes económicos locales, que tenían interés en continuar en su rol comprador, es decir, de intermediarios, se afiliaron sin problemas a la política neoliberal. Tal y como señala Emir Sader, “nunca un modelo se ha generalizado tanto en el continente y nunca ha conducido a un fracaso tan lamentable en la historia de América Latina” (Emir Sader, 2002).
Las consecuencias sociales de esta transición conservadora fueron desastrosas: aumento de la pobreza, crecimiento de las desigualdades, desmantelamiento de los servicios públicos, licenciamientos en masa, quiebra de las pequeñas empresas, precaridad en las condiciones de trabajo y desarrollo del sector informal.
Numerosos grupos sociales fueron afectados por esta política. Como señala Marta Harnecker en su libro al respecto (2002), no se trata solamente de la masa de pobres numéricamente en expansión, sino también de las clases medias empobrecidas, de los pequeños y medianos productores agrícolas y de los miembros de las cooperativas, de los pueblos indígenas, de las personas de profesión liberal, de los desempleados, de los trabajadores de los servicios públicos, de las mujeres, del sector informal, de los pequeños ahorristas, de los retirados, e incluso de los miembros subalternos del ejército y de la policía, en resumen, lo que Helio Gallardo llama “el pueblo social”.
Si el modelo de desarrollo nacional había reforzado un poco a la clase obrera y, por tanto, había logrado una sumisión real del trabajo al capital por el sistema salarial, por el contrario, la era neoliberal ha traído como consecuencia el hecho de desarrollar una sumisión formal, es decir, una sumisión a través de un gran número de otros medios de extracción del sobre producto (deuda externa, tasas de interés, desarrollo del capitalismo financiero, condiciones acordadas a las inversiones extranjeras, paraísos fiscales, etc.).
El efecto sobre los movimientos sociales fue considerable. Ya decapitados por los regímenes militares, éstos fueron aún más debilitados por la nueva orientación económica. De hecho, las luchas de clase pasaron a un segundo plano y los sindicatos se replegaron en posiciones defensivas y en reivindicaciones inmediatas.
Sin embargo, nuevas demandas se desarrollaron, articuladas con la noción de los derechos universales: educación, salud, seguridad social, vivienda, alimentación, identidad cultural. Ellas se manifestaron también contra las políticas específicamente neoliberales, las privatizaciones, la precaridad del trabajo, los bajos salarios, el cierre de ciertas empresas. No podemos comprenderlas, sin embargo, si no las colocamos en el contexto global del sistema capitalista, el cual termina siempre privilegiando a ciertas clases sociales en detrimento de las otras. Veamos algunos ejemplos.
III. Las luchas contra el proyecto neoliberal
La oposición al TLC (Tratado de Libre Comercio entre los Estados Unidos, Canadá y México), expresada, sobre todo, por la acción de los Zapatistas en México desde 1994, se ha ampliado considerablemente en el continente, y se manifiesta contra el proyecto de extensión de esta fórmula hacia todos los países de América (ALCA). Esta lucha continental sirvió de consigna para la marcha efectuada por más de 50 000 personas durante la clausura del segundo Forum Social Mundial de Porto Alegre.
La inminente amenaza de la integración / subordinación del continente ante la economía norteamericana, suscita innumerables resistencias y acelera el proceso de formación de una amplia alianza, la cual incluye a movimientos sociales de América Latina, Estados Unidos y Canadá.
Las luchas más espectaculares han sido aquellas dirigidas contra las privatizaciones de ciertos servicios públicos. Entre otras, podemos señalar el caso de Cochabamba, en Bolivia, por el agua, los casos de Paraguay, Ecuador y Bolivia por la electricidad, el ejemplo de Venezuela en las luchas por el transporte público, y el de Chile por la seguridad social, etc. Tales acciones han reunido a personas de medios populares y de clases medias, sin necesariamente crear movimientos permanentes.
En los lugares en que la crisis es particularmente aguda, nacen nuevas formas de organización económica: este es el caso de Argentina con el trueque. Dentro de ciertos grupos sociales, toma forma una nueva conciencia: movimientos campesinos, de pueblos autóctonos, nuevos sindicalismos, movimientos de mujeres, etc. Métodos inéditos caracterizan también las reacciones contra las políticas neoliberales: huelgas cívicas, ocupación de lugares públicos, bloqueos de calles (piqueteros), manifestaciones de cazerolas (cazelorazos), etc.
1. Los movimientos campesinos
Las luchas campesinas son numerosas. Las podemos encontrar en las plantaciones de bananos en Panamá contra las empresas trasnacionales de los Estados Unidos, en Paraguay por el derecho a la tierra y al crédito, etc. Junto a los movimientos indígenas, los movimientos rurales han sido, durante los últimos años, unos de los más dinámicos del continente.
Debemos señalar que la política neoliberal se caracteriza por una verdadera contrarreforma agraria y por una nueva concentración de las tierras. En consecuencia, las antiguas oligarquías agrarias no se encuentran viento en popa y sus estrategias se convierten en defensivas, como sucede en los casos de Brasil, Colombia y Guatemala. Sin embargo, una parte de la burguesía comercial y financiera, enriquecida por el neoliberalismo, invierte parcialmente en la agricultura, insertándose aún más en el sistema capitalista, sobre todo exportador.
Esto trae como consecuencia la eliminación, a veces brutal, de los pequeños campesinos, los cuales no están en capacidad de resistir la exclusión a que son sometidos del sistema de créditos ni de resistir el descenso de los precios como consecuencia de la apertura de los mercados. En aquellos lugares en que éstos se habían organizado sistemáticamente, como es el caso de Nicaragua, las cooperativas mueren lentamente.
El movimiento campesino más importante de América Latina es, sin duda alguna, el Movimiento de los Sin Tierra (MST) en Brasil. Muchas razones pueden ser invocadas para explicar la fascinación que éste ejerce en la actualidad: el número de personas que agrupa, más de 400 000 familias, el proyecto político que desarrolla, proyecto que sobrepasa la voluntad individual de obtener las tierras y que posee una visión global de la sociedad, y finalmente la creatividad, la combatividad y la tenacidad que han mostrado sus miembros en la defensa de la causa, a través de las ocupaciones de tierras y de edificios oficiales y de las largas marchas y manifestaciones que sacuden a Brasil.
El MST se ha caracterizado por las luchas de masas y por realizar presiones sociales y políticas importantes. Sin ser un partido político, este movimiento tiene, sin embargo, una dimensión socio política de peso. Aunque la finalidad más importante del Movimiento es la obtención de tierras, la cual se justifica en el postulado de igualdad frente al acceso a la tierra – toda persona tiene el derecho de resolver sus necesidades de manera autónoma – esta reivindicación - acción se inscribe en un proyecto más amplio de sociedad, igualitaria, solidaria, democrática y ecologista, el cual el MST intenta llevar a cabo en sus prácticas cotidianas, dentro del seno de los asentamientos (implantaciones colectivas del MST).
La organización interna del movimiento obedece a los principios de la democracia participativa, situándose, de esta manera, dentro del marco de una nueva orientación, en reacción contra el centralismo, la burocracia y el vanguardismo. En el plano económico, la producción la han organizado siguiendo el principio cooperativo. Manteniendo el objetivo del rendimiento elevado, como principio de reconocimiento y durabilidad, el MST promueve un desarrollo ecológico a través del uso de las técnicas alternativas de fertilización de los suelos, la preservación de las semillas indígenas y rechaza los pesticidas dañinos para el ecosistema.
El acceso a la salud se hace a través de la puesta en práctica de la medicina verde (fitoterapia), con plantas producidas dentro de las instalaciones del MST. Esto permite la independencia de los campesinos frente a las multinacionales farmacéuticas. Por otra parte, el tipo de educación que se promueve se basa en los principios de la pedagogía de la liberación, los cuales favorecen el aprendizaje colectivo enraizado dentro del contexto político y los cuales suscitan la reflexión y la actitud crítica con relación a los contenidos que se brindan durante el aprendizaje.
2. Los movimientos indígenas
La emergencia en la escena continental de los movimientos de los pueblos autóctonos constituye, ciertamente, uno de los hechos más importantes de la historia social reciente de América Latina. Caracterizados esencialmente hasta hace poco por las relaciones de dominación, de explotación y de discriminación a las que fueron sometidos desde la época de la colonización, y estando durante mucho tiempo encerrados dentro del estatus de “pueblos – objetos”, las poblaciones indígenas aparecen en la actualidad como “sujetos”, es decir, como actores potenciales dentro de un proceso de afirmación inédito. Afirmación cultural, social y política.
Paradójicamente, en tanto que la actual globalización se revela bajo aspectos desastrosos para estos pueblos marginales, ésta ha creado también las condiciones de su emergencia en tanto actores sociales con identidad propia. La aceleración de la mundialización lleva en sí misma los gérmenes de las reafirmaciones culturales, locales o regionales.
Esto se conoce bien, la fuerza desagregadora de la lógica económica liberal conduce a las solidaridades nacionales e induce a la fragmentación de los principales actores sociales y de las identidades colectivas. En América Latina, al igual que en otras partes, la tendencia viene acompañada por una proliferación de los movimientos con identidades de carácter religioso, nacional o étnico.
Aunque algunos de ellos son frágiles o se encuentran expuestos a derivas integristas, racistas o reaccionarias, los ejemplos más emblemáticos de movimientos indígenas que han aparecido en América Latina – Zapatismo en México, CONAIE en Ecuador – han logrado articular una doble dimensión, cultural y social, en sus luchas eminentemente políticas. Ellos combinan, de manera innovadora, la pertenencia étnica con las protestas éticas y las acciones sociales y políticas.
Sus reivindicaciones van desde el reconocimiento de los derechos humanos de los indígenas hasta la democracia en profundidad en el país y la crítica al modelo de desarrollo neoliberal. Con identidad suficientemente definida para no diluirse y lo suficientemente abiertos para no replegarse, estos movimientos y sus rebeliones se multiplican. Ellos manifiestan, por parte de las poblaciones indígenas que los componen, una voluntad de emancipación, de apropiación y de dominio de la modernidad. Una voluntad de focalizar el debate tanto sobre la democratización del sistema político y sobre el Estado en su relación con los actores sociales como una voluntad de cuestionamiento del sistema económico dominante.
Estos movimientos emergentes parecen haber sacado provecho de las lecciones producto de los antagonismos del ayer entre los sindicatos campesinos y las organizaciones indígenas. Los primeros, de perfil “clasista”, brindaban prioridad en sus análisis y en sus reivindicaciones a las relaciones sociales y a la posición social de sus bases, y los segundos, más culturalistas, tendían a privilegiar opciones de identidad de recuperación de las tradiciones, incluso de restauración de antiguos órdenes sociales, aunque hubieran sido injustos en el plano social. Las rivalidades entre los líderes de las dos tendencias fueron también causa de división entre el movimiento popular, el campesino y el indígena, y terminaron por radicalizar y polarizar las posiciones respectivas.
En la actualidad, a pesar de que la justicia social sigue siendo el objetivo a alcanzar, su búsqueda reposa, sobre todo, en la responsabilidad del poder, en el reconocimiento por la diversidad y en la revalorización de la democracia. El neozapatismo declara que funda su legitimidad en tentativas que sobrepasen al autoritarismo, el vanguardismo, el dogmatismo y al militarismo.
Con identidad propia, los insurgentes indígenas son también revolucionarios y democráticos y buscan la convergencia de las resistencias sociales, culturales y políticas frente a la omnipotencia de un mercado que resulta ser un factor creador de desigualdades y destructor de las identidades particulares.
El desafío que entrañan estas luchas indígenas – desde los Mapuches en Chile y Argentina hasta los Mayas de América Central, pasando por los Aymaras y los Quechuas de los Andes, los Kunas de Panamá, etc. – es la reconciliación de los principios de diversidad (y de interdependencia de los espacios políticos y culturales) y de igualdad (renovación de la perspectiva igualitaria). Estos movimientos reivindican una autonomía sin separación, una integración sin asimilación …
Ante la lógica uniformadora de la mundialización y el indigenismo integracionista de las autoridades nacionales, las organizaciones indígenas responden por un indigenismo respetuoso de las identidades. “Ser reconocidos iguales y diferentes”, según los propios términos de la líder zapatista Ana María.
Estas utopías y esta pretensión de conjugar una inscripción en las luchas sociales, nacionales e internacionales, con reivindicaciones particulares de carácter étnico y con un nuevo internacionalismo anticapitalista, no nacen de la nada. Ellas se fundan en la emergencia de las jóvenes élites innovadoras dentro del seno de las comunidades tradicionales, se fundan en los conflictos generacionales, se fundan en la ruptura de las unanimidades comunitarias provocada por la modernización, y se fundan en la herencia de los valores propios de los modelos indígenas.
Pero ellas nacen también de las múltiples influencias culturales y políticas, de las cuales los movimientos portadores de estas utopías han sido objeto durante las últimas décadas, ya sean en el plano religioso, por la influencia de las corrientes inspiradas por las teologías de la liberación, o ya sean en un plano más socio político, por la influencia de las organizaciones campesinas, sindicales y de los movimientos revolucionarios en reflujo en la actualidad.
Muchos daños o derivas pesan sobre las luchas indígenas: la represión, primeramente, las tentativas de ahogarlas, de cooptarlas, de institucionalizarlas, de neutralizarlas, y también los riesgos de problemas étnicos entre los propios movimientos, de repliegues de identidad, de regresiones autoritarias o, a la inversa, de diluirse y de erosionar progresivamente las capacidades de acción de los actores en resistencia.
Insidiosamente y en un plano más teórico, estas rebeliones podrían también ser víctimas de ciertas perspectivas analíticas que tienden a oponer a estos nuevos movimientos sociales con los antiguos, absolutizando la novedad de sus ideologías y de sus modos de organización. En revancha, pretender agotar la riqueza de estos movimientos indígenas contemporáneos, en los marcos de figuras teóricas fijas, podría, igualmente, tener consecuencias negativas para la acción.
Lo que está en juego, más allá de la suerte y sobrevivencia de las comunidades autóctonas y de los propios indígenas, son los modos de integración social y de unidad nacional en el marco de la mundialización de la economía y de la cultura occidental. Las respuestas que estos movimientos aporten a las cuestiones espinosas del multiculturalismo en el seno de los Estados Nacionales en crisis, acerca del tipo de autonomía a construir, de la relación con lo político y de la conquista del poder, influirán, evidentemente, en su futuro, pero también en sus articulaciones con otras luchas y resistencias.
Porque, y eso lo sabemos bien, en estos temas ambivalentes, tales como la autonomía, la relación con el poder y el multiculturalismo, las reformas institucionales y constitucionales en curso (México, Guatemala, Venezuela, Bolivia), pueden resultar particularmente funcionales o estar en sintonía con el modelo neoliberal dominante, o corresponderse, por el contrario, con una lógica democrática de emancipación y de resistencia ante este orden.
3. Los movimientos obreros
Los sindicatos son muy antiguos en América Latina. Las luchas desarrolladas en Argentina, en México, en Brasil, en Chile, en Perú, en Colombia, en Venezuela, acompañaron al proceso de industrialización. Ellos, a menudo, han estado ligados a partidos políticos populistas (como fue el caso del peronismo) social demócratas, o a la democracia cristiana, perdiendo, en consecuencia, una gran parte de la autonomía de acción cuando estos partidos accedían al poder.
La central norteamericana AFL – CIO jugó un importante papel federativo, pero bajo una gran ambigüedad, porque a su vez ésta era el brazo “social” del departamento de Estado de los Estados Unidos.
A partir de los años 70, a favor del proceso de democratización, asistimos al nacimiento de un nuevo sindicalismo, más independiente, más radical, menos burocrático y con métodos deseosos de ser más democráticos. El novo sindicalismo de la CUT (Central Única dos Trabalhadores) en Brasil es el prototipo de este nuevo sindicalismo. La central brasilera fue, por otra parte, uno de los actores fundadores del Forum Social Mundial, al igual que el MST.
En Argentina, un sindicato minoritario, la CTA, se desarrolló también bajo bases similares. Durante el curso del período neoliberal, las actividades sindicales reivindicadoras han resurgido, a pesar de una serie de fracasos. Conflictos sociales han estallado por todas partes, en la industria (Volkwagen en México), en las minas de Bolivia, en la construcción y en los puertos de Perú y en Chile en los trabajadores de los servicios públicos, sin hablar de las contestaciones más generales, sobre todo en Argentina y en Uruguay. Esto ha ayudado a los sindicatos más antiguos a abrirse ante nuevas perspectivas y a reunirse en ciertos casos en las convergencias por otra mundialización.
El movimiento obrero permanece, sin embargo, débil en numerosos sectores, sobre todo en lo que respecta a la industria de las maquilas en México, en América Central y en el Caribe. En otras partes, está dividido y en crisis (caso de Honduras). En Colombia, está reprimido por el ejército y los paramilitares (165 asesinatos en un año). Las luchas en este sector son también importantes y duras, incluso aunque la clase obrera, como tal, permanezca siendo minoritaria entre los trabajadores del continente.
4. Las clases medias
Las protestas se han extendido a las clases medias, las cuales resultan ser muy frágiles ante las políticas neoliberales. Pero ello raramente concierne a verdaderos movimientos organizados. Se trata de protestas de los pequeños ahorristas, de las mujeres en los hogares, de los jubilados. Ciertas organizaciones se han también unido a las acciones de oposición. Los camioneros en Chile, los pequeños y medianos empresarios en Brasil y en Argentina, los profesores y maestros en Ecuador y los médicos en El Salvador, han luchado y luchan contra la privatización de la seguridad social.
Muchos movimientos han sobrepasado la reacción puntual para inscribirse en una perspectiva más global de oposición al neoliberalismo. Este es el caso de CIVES, de l’Associacao Brasileira de Empresários pela Cidadanía, (Asociación Brasileña de Empresarios por la ciudadanía), el cual tiene como objetivo la movilización de los empresarios y de las profesiones liberales con vistas a desarrollar la “ciudadanía, mejorar la democracia y defender la justicia social y la ética”.
Luchando contra los prejuicios políticos asociados a los empresarios y queriendo promover la alianza entre éstos, las organizaciones representativas de los intereses populares y los partidos de izquierda, esta asociación profesional se acerca hacia un tipo de militancia: la de los empresarios progresistas contra la mundialización neoliberal, para lograr la redistribución de las riquezas y el respeto de los derechos sociales.
5. Los movimientos de mujeres
Los movimientos de mujeres han estado en la primera línea de las protestas sociales contra el neoliberalismo que han sacudido a los países latinoamericanos. La Marcha Mundial de las Mujeres reunió en Honduras a cerca de 80 organizaciones para una acción común. En Guatemala, la acción de los movimientos feministas condujo a la adopción de una ley sobre la violencia contra las mujeres y el Consejo de Mujeres Mayas es particularmente activo. En Argentina, el movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo es bien conocido y ha adquirido dimensiones que van más allá de la acción por los desaparecidos, llegando a tener perspectivas más globales.
Como en otras partes, los movimientos feministas nacieron del seno de las clases medias y, en América Latina, la cultura dominante no los había favorecido. El hecho novedoso es la participación de las mujeres de los medios populares en las acciones colectivas de protesta social o en los sindicatos (maquilas). La organización en verdaderos movimientos es más reciente y la orientación de base pasa de un radicalismo feminista hacia un radicalismo social expresado por las mujeres.
6. Los movimientos ecologistas
Las perspectivas ecologistas están poco institucionalizadas en América Latina. No se cuenta casi con ningún partido ecologista y cuando éste existe es generalmente marginal. Pero la contaminación a gran escala, la degradación acelerada de la calidad de vida en las regiones metropolitanas, la explotación descontrolada de los recursos naturales y las diversas catástrofes ecológicas, hacen de la ecología una de las principales preocupaciones de los movimientos populares y de las ONG’s.
7. Los movimientos políticos o vinculados con la gestión del Estado
Al igual que en otras partes, la desconfianza hacia los partidos políticos se ha expandido en el continente. Señalamos, por ejemplo, el caso de Chile, donde 800 000 jóvenes no están inscritos en las listas electorales. En Colombia, la abstención electoral es de más del 50%.
Este hecho no resulta asombroso si tenemos en cuenta de que estamos hablando de democracias bajo tutelaje y que se encuentran frente a la fabricación de mecanismos de consenso, frente a la recuperación del vocabulario de la izquierda por parte de la derecha, frente al hecho de que numerosos partidos de izquierda administren políticas neoliberales, y más aún frente a la corrupción.
En consecuencia, nuevas formas de política nacen, como es el caso de Venezuela o de manera efímera en Ecuador, con militares nacionalistas. Como dice Marta Harnecker, la derecha puede cambiarse de partido político, pero la izquierda no, porque ella tiene necesidad de instancias capaces de portar un proyecto. Ciertos movimientos se han institucionalizado en partidos, bajo diversas formas, como es el caso de los Sandinistas en Nicaragua, Lavalas en Haití, el PT en Brasil y el Frente Farabundo Martí en El Salvador.
Estas experiencias no han resultado convincentes con respecto a un verdadero proyecto alternativo, probando que la articulación entre la izquierda social y la izquierda política no resulta una operación fácil. La lógica electoral impone rápidamente compromisos políticos que alejan a los partidos o a sus candidatos de los objetivos más radicales. El cambio de actitud del Partido de los Trabajadores de Brasil durante la última campaña presidencial frente a la deuda del Tercer Mundo o frente al ALCA son elocuencias en este sentido.
Podemos también hacer alusión a las acciones y a los movimientos que se encuentran vinculados con la gestión del Estado. En este sentido, numerosos trabajadores del sector público han protestado contra la privatización de éstos. Este fue el caso de Costa Rica, donde hubo que retirar la ley en preparación, de Argentina, de Perú, de México, de Bolivia y de Venezuela. Por otra parte, las experiencias de gestiones participativas nacieron en el campo político, como fue el caso de Porto Alegre, en Brasil, y se han extendido a México, Bolivia y a otras partes.
Guerrillas armadas existen en Colombia, donde los conflictos sociales están alimentados por el rechazo de las clases tradicionalmente privilegiadas, las cuales no quieren ceder el más mínimo espacio de su poder económico y de su control político, sobre todo en lo que respecta al sector agrario. Las cosas se han complicado aún más con el narcotráfico, el cual ha terminado por reforzar la concentración del poder económico y la corrupción. La institucionalización de la lucha armada en el seno de las guerrillas ha colocado, a menudo, a la lógica militar por encima de los objetivos sociales.
Por otra parte, los Estados Unidos, con el plan Colombia, se han introducido en la región, bajo el pretexto de la lucha contra el tráfico de drogas, para erradicar a la guerrilla y remilitarizar el continente, a partir del lugar geoestratégico que representa Colombia. Esta nueva amenaza suscita una oposición cada vez más generalizada en todo el continente.
8. Los movimientos religiosos
Habiendo jugado un importante papel en ciertos países, los movimientos de cristianos de izquierda, o la Iglesia de los pobres, han sido objeto, durante el período más reciente del neoliberalismo, de una fuerte represión eclesiástica. Las comunidades de base han disminuido en importancia, sobre todo por la falta de espacio dentro de la Iglesia Católica.
En América Central, en Ecuador, en Brasil y en México, estos movimientos habían jugado un rol impulsor para los movimientos populares. La defensa de los pueblos autóctonos y su organización social había recibido un gran apoyo por parte de los obispos en México, Ecuador y en Brasil. Sin embargo, la creciente importancia de los movimientos conservadores dentro del catolicismo, oculta en la actualidad a una acción que, a pesar de su marginalización, no ha dejado de existir.
Por parte de los nuevos movimientos religiosos de origen protestante, las perspectivas son muy individualistas. Respondiendo a las necesidades de una nueva estructuración social de micro dimensión y de búsqueda de sentido, estos movimientos despolitizan generalmente a sus miembros. Con su institucionalización, algunos han adquirido preocupaciones más políticas, las cuales se han concretado en partidos generalmente conservadores, sean confesionales, como en el caso América Central, sean laicos, como en el caso Brasil.
IV. Perspectivas de las luchas sociales en América Latina
1. Las convergencias
Tanto en el interior del país como continentalmente, una serie de coordinaciones sectoriales o inter sectoriales han sido organizadas. En el plano nacional, podemos señalar en el caso de Ecuador a CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador), a la Coordinación de los Movimientos Sociales (CMS) creada en 1995, al Frente Patriótico (1999), al Congreso del Pueblo (1999) y a los Parlamentos del Pueblo de Ecuador (2000).
En Honduras, después del huracán Match, se creó el Interforo, el cual reúne a movimientos sociales y a ONG’s. Muchas iniciativas nuevas, asociadas al Forum Social Mundial se han desarrollado en los planos nacionales en Argentina, Colombia, Ecuador, Brasil e incluso en regiones del Amazonas (a caballo entre varios países) o en Minas Gerais (Brasil). Esto se corresponde, en muchos casos, con lo que Marta Harnecker llama la formación de “bloques sociales alternativos”.
Un Forum Social Latinoamericano, que reunió, al igual que en Porto Alegre, a movimientos sociales y ONG’s, excluyendo a los partidos políticos (los partidos de izquierda se reúnen en el seno del Forum de Sao Paulo), se reunió por primera vez en Quito en Ecuador, y recordemos que el Forum Social Mundial, de Porto Alegre, constituye la salida más prometedora del espacio público global alternativo.
2. La utilización de los nuevos medios de comunicación
Muy importante, dentro de la nueva situación de América Latina, ha sido la utilización intensiva de los medios de comunicación electrónicos. Esto no suprime todavía el aislamiento que tienen algunos movimientos sociales, pero los contactos hacia el exterior se están desarrollando fuertemente.
El primer ejemplo a señalar es el de los zapatistas y del Sub Comandante Marcos. Los simpatizantes del movimiento usan ampliamente Internet con un gran dominio de sus contenidos. El MST posee una amplia red de comunicaciones mundial. Señalemos también que el Forum Social Mundial utiliza diversos sitios web. Los movimientos sociales en América Latina han entrado plenamente en la era de la comunicación electrónica, ayudados por numerosas ONG’s continentales o exteriores y apoyados por órganos de comunicación y de información del continente, tales como la ALAI (Asociación Latinoamericana de Información).
3. Los desafíos
La nueva dinámica que preside a los movimientos sociales en América Latina en la fase neoliberal del capitalismo mundial enfrenta serios desafíos. Es verdad que el fracaso social del proyecto económico entraña reacciones cada vez más numerosas, las cuales conducen a la deslegitimización del sistema. Las reacciones actuales han sido sobre todo concretas y puntuales, lo que puede constituir el inicio de una contestación más general, pero este hecho podría también diluir a los movimientos sociales en acciones u organizaciones fragmentadas.
Este es el primer desafío a enfrentar, el de la definición de los objetivos. Nos encontramos con corrientes pragmáticas, las cuales fácilmente se contentarían con victorias temporales o parciales, en tanto que las corrientes más fundamentales buscan una transformación en profundidad.
Uniéndose a estas opciones, por una parte las tendencias “bajistas” temen a un nuevo elitismo y por otra parte las corrientes “verticalistas” pierden velocidad como consecuencia de las experiencias del “socialismo real”. Combinar lo cotidiano y la acción antisistémica a más largo plazo es un primer desafío, esencial para el éxito de las transformaciones.
Un segundo desafío lo constituye la relación con lo político. Sin esta relación, la construcción de alternativas no podría competir con las estructuras socio económicas dominantes. Hay que pensar en nuevas formas de articulación entre la democracia representativa (lo político) y la democracia participativa (implicación de la sociedad civil). El tema de la participación es cada vez más evocado en el seno de los partidos, pero el temor ante la recuperación política ha convertido en desconfiados a los movimientos sociales.
Si los movimientos sociales y los partidos políticos tienen funciones específicas, sobre todo frente al Estado, hay, sin embargo, que lograr que lleguen a establecer contactos orgánicos. La tendencia actual se aleja de un partido único de vanguardia, portador de todas las reivindicaciones, para ir hacia el sentido de una convergencia entre las organizaciones políticas.
El tercer desafío es el de enfrentar la criminalización de los movimientos sociales por parte del sistema dominante y la represión que ya se ejerce y que se ejercerá aún más, en la medida en que éstos vayan teniendo éxito. En Bolivia, el candidato a la presidencia en el 2002, Evo Morales, que obtuvo el tercer lugar gracias al voto indígena, fue calificado de terrorista por el embajador de los Estados Unidos.
En el plano mundial, los efectos del 11 de septiembre han sido excepcionalmente directos, y sus resultados a largo plazo pueden desembocar en la militarización del continente (Plan Colombia), en la deslegitimización de los movimientos sociales y en el reforzamiento de los regímenes de derecha, aliados, de hecho, a los Estados Unidos.
4. Los objetivos y las alternativas
Los objetivos y las alternativas propuestos son muy numerosos. No resulta fácil sintetizarlos, pero es posible revelar algunos temas recurrentes. En el orden económico, se trata de la desconexión y de la búsqueda de nuevas formas de integración dentro de la economía mundial. El reforzamiento de los polos económicos regionales, actualmente fragilizados (MERCOSUR, Pacto Andino, Mercado Común Centroamericano, etc.) son aspectos a tener en cuenta en la agenda diaria.
La recuperación de la soberanía frente al poder transnacional es otra de las exigencias que deben tener en cuenta todos aquellos que deseen restablecer la seguridad alimenticia y la utilización de los recursos locales para el bienestar de la población. Esto, sobre todo, se expresa en diversas acciones contra las privatizaciones. Todas ellas buscan la regionalización de las economías contra la integración a la economía americana a través del Proyecto de la Zona de Libre Comercio generalizada para toda América (ALCA).
A esta perspectiva macro económica se le añade la preocupación de promover nuevas formas de producción, más democráticas, y menos asociadas al mercado capitalista. Numerosas experiencias existen, pero no todas, sin embargo, se sitúan en una perspectiva realmente anti sistémica.
Otra característica contemporánea, la cual encontramos al interior de los movimientos y de las convergencias (Forum Social Mundial) es la exigencia de una democracia participativa. Y no han sido solamente las experiencias de gestión política en las ciudades, recientemente ganadas por las formaciones progresistas, quienes han sido marcadas por este término.
La participación de los afiliados en las orientaciones de sus sindicatos, la libertad de los trabajadores de decidir por ellos mismos en la organización del trabajo y en la utilización del sobre producto (auto gestión), así como los plebiscitos nacionales y otras consultas populares, dibujan los contornos de una ciudadanía múltiple y activa, motor de la transformación social.
Finalmente, señalemos los objetivos ecologistas y culturales. En efecto, en la perspectiva de mejorar la calidad de la vida, el respeto por el medio ambiente está colocado en primer lugar, sobre todo por los movimientos de los pueblos indígenas. Ellos también insisten en la autonomía cultural. Esta resulta igualmente reivindicada en la esfera de los medios de comunicación masivos, en particular a través de la música y del cine.
Esta es la razón por la cual numerosos artistas se han unido a los movimientos sociales. Cada vez se reconoce más que la cultura resulta también ser un lugar de resistencias y de luchas sociales.
Conclusiones
El renacer de las luchas sociales, las cuales estaban replegadas como consecuencia de las dictaduras militares, la dificultad para organizarse dentro del sistema neoliberal, el cual produce como efecto la fragmentación e individualización de las luchas, la emergencia de nuevos sectores sociales en el seno de las propias luchas, el acento colocado en la calidad de vida, la cultura como objetivo popular, las nuevas formas de exigencias democráticas, la búsqueda de convergencias, etc., son elementos que caracterizan al universo social del continente. Sin embargo, estamos lejos de haber sido exhaustivos y aún más lejos de agotar las reflexiones acerca de los aportes que brindan tales experiencias a la teoría de los movimientos sociales.
Boaventura de Souza Santos brinda una visión teórica en el 5to número del Observatorio Latinoamericano publicado por CLACSO. El vincula, sobre todo, a las nuevas formas de lucha, lo que llamamos comúnmente los nuevos movimientos sociales, el nuevo socialismo o los movimientos transclasistas, con el nuevo contexto global. Para él, las relaciones de producción no están en primera instancia. Este autor habla de relaciones de reproducción.
Porque, por una parte, afirma este autor, los objetivos se definen en función de la humanidad en su conjunto y, por otra parte, lo que se afirma es la subjetividad. Percibimos una nueva cultura de emancipación y de reivindicaciones de autonomía, de autogobierno, de descentralización, de cooperación, de participación. Y en América Latina esto reviste un carácter popular.
El propio autor concluye con la necesidad de reconciliar a los dos polos, el de regulación – emancipación (el primero se refiere al capitalismo y el segundo es reivindicado por el socialismo) y el de la relación subjetividad – ciudadanía.
El primer polo concierne a las posiciones adoptadas a propósito del sistema económico. Regular al capitalismo para obtener resultados inmediatos o promover la emancipación humana y contradecir a esta lógica constituyen el objeto de discusión en este polo.
El segundo polo se refiere a la tensión existente entre las necesidades personales (familiares) y a la inserción en lo social. Boaventura de Souza constata que los movimientos sociales contemporáneos se hacen estas preguntas de manera existencial.
Ciertamente, resulta indispensable abordar estas cuestiones que conciernen a la vez aspectos teóricos y estratégicos, pero también se trata de situarlas dentro de una reflexión en el marco general del capitalismo mundializado. De entrada, la relación capital / trabajo existe aún, y en ciertos casos incluye a más personas que antes, a pesar de que las modalidades sean diferentes (desregulación del trabajo, etc.).
Además, la sumisión formal de las economías locales frente a la mundialización capitalista es uno de los elementos que está afectando a grupos sociales cada vez más numerosos. En efecto, existen cada vez más sectores que están concernidos por la lógica mercantil (servicios públicos, educación, salud, pequeños campesinos) como consecuencia de la presión ejercida para las privatizaciones y de los numerosos mecanismos indirectos de obtención de las riquezas por parte de los grupos sociales privilegiados, lo cual explica el desarrollo de resistencias específicas. De esta manera, América Latina se inscribe en la historia contemporánea de los movimientos sociales.
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Auteur: François Houtart


Globalización de las resistencias 2003 - America Latina