Globalización de las resistencias 2003 - Europa Occidental
Bernard Dreano, 19 Septembre, 2003 - 06:28.
Los pueblos de la mayor parte de los países de la Unión Europea intercambiarán, de ahora en adelante, los mismos billetes de banco. ¿Los símbolos que figuran en estos billetes les parecerán fatuos y vagos como les parece la propia Europa? La integración europea, tal y como se practica actualmente, es a menudo considerada uno de los motores de la mundialización en su forma ultraliberal, en vez de visualizarse como un freno a los excesos de ésta o, en última instancia, como un proceso alternativo, iniciador de otra forma de mundialización. Numerosos son aquellos que, de una manera más o menos explícita, piensan que la resistencia al ultraliberalismo conduce a combatir la política americana que la encarna a la vez de combatir la política de la Unión Europea que la acompaña. Para muchos manifestantes reunidos en Niza en diciembre del 2000, las protestas contra la Cumbre Europea derivaron en un conjunto continuado de movilizaciones “anti – globalización” que se sucedieron cuando el Congreso del FMI en Praga o cuando la Cumbre de la OMC en Seattle.

Sin embargo, numerosos son quienes, por el contrario, subrayan que el proceso de integración europea puede aún constituir un factor de equilibrio frente a la desregulación, incluso quienes ven en ello el detonador de un contra - modelo. Para algunos, esto sería posible mediante serias correcciones en los mecanismos europeos actuales; para otros, habría que volverlos a diseñar totalmente. Pero todos están de acuerdo en pensar en que la dimensión continental es un espacio político pertinente frente a los mecanismos mundiales, que la adición de lo local (o nacional) a lo global no es suficiente y que la construcción europea constituye un sendero esencial para toda batalla democrática y social.

Desde ese punto de vista, las finalidades políticas perseguidas en las Cumbres Europeas, como la de Niza o Göteborg se distinguen de las de Praga, Seattle o Génova. En Niza, a las preguntas realizadas a los gobiernos representativos (mecanismos democráticos en el interior de la Unión Europea, procesos de ampliación, carta de los derechos fundamentales, …) había que aportar respuestas, porque se supone que la Unión Europea está obligada a ser una estructura política democrática, pero tiene un insuficiente control parlamentario en procesos que no se pueden resumir en la negociación secreta entre los expertos gubernamentales, etc. Aceptando estas realidades, podremos contradecir el funcionamiento de la Unión Europea.

En Praga, Seattle o Génova, confrontados frente a estructuras « técnicas » opacas, con expertos irresponsables que no tenían ninguna obligación de rendir cuentas públicamente de sus mandatos, el combate consistía, de entrada, en someter al FMI y a la OMC (sin hablar del teatro de sombras que constituye el Grupo de los Ocho - G8) a un control democrático y, en consecuencia, criticar a sus dirigentes para proponer la supresión o la refundación de estas organizaciones sobre otras bases diferentes.

1. El retroceso en el debate europeo

Para muchos, el debate europeo retrocedió después de la caída del Muro de Berlín, al mismo tiempo que una nueva ola de movimientos sociales se desarrollaba. Que podamos identificar un Congreso del FMI con una Cumbre Bianual de la Unión Europea dice mucho acerca del estado del debate sobre la construcción de Europa. Todo esto resulta muy confuso en los países europeos, incluyendo a los estados que son miembros desde hace mucho tiempo. Esta confusión es también una realidad en los movimientos que actúan en las sociedades civiles europeas, incluso aunque constatemos en ellos una renovación sensible. La confusión proviene menos de las divergencias – que sin duda existen – y más del hecho de que los militantes parecen tener una percepción muy variable de la importancia de las estructuras comunitarias.

Más que posiciones políticas afirmadas con relación a la Unión Europea « realmente existente », tenemos que enfrentarnos a reacciones ideológicas marcadas por los contextos nacionales, muy a menudo imbuidas de un nacionalismo inconsciente y que dibujan un paisaje extremadamente contrastante. De esta manera, fenómenos esenciales desde el punto de vista europeo son percibidos de muy diversas maneras y las respuestas (o ausencias de respuestas) políticas lo son otro tanto.

Para convencerse de esto, es suficiente enumerar las cuestiones europeas más importantes sobre las cuales los movimientos y los partidos no tienen, o tienen muy pocos, debates a nivel europeo o a nivel interno. Citemos, por ejemplo, los afrontamientos entre los pueblos de la ex – Yugoslavia, las relaciones entre la zona mediterránea de Europa y el problema palestino, las relaciones con el espacio de la ex – URSS, las cuestiones de la paz y la seguridad en las relaciones Unión Europea - OTAN, los problemas de la libertad de circulación y de inmigración, los problemas sociales y culturales (por ejemplo, alrededor de la noción de servicios de interés general o de la creación cultural), los poderes de las instancias europeas, el espacio jurídico europeo, etc. A cada una de estas cuestiones algunos dirán que, responder de manera satisfactoria, supone una profundización en los mecanismos de integración europea. Otros, por el contrario, militan en movimientos muy próximos a este objeto o programa, y otros, sólo ven una posible salida en la defensa de las soberanías nacionales. La gran parte, de todas maneras, tendría grandes dificultades para poder organizar este debate a escala continental.

2. Los nuevos compromisos sociales

Podemos comprender entonces, desde este punto de vista, que el debate europeo haya retrocedido tanto en el curso de la última década, a la vez que una nueva ola de movimientos sociales se ha desarrollado en varios países de Europa (con una amplitud, habría que decirlo, muy desigual). Estos movimientos, más o menos nuevos en sus formas y en sus objetivos, aparecieron en un contexto muy preciso durante el curso de los años 1980 – 1990.

Los años 80 fueron los de la victoria del ultraliberalismo en Europa, en su forma más avanzada, la del tatcherismo, pero a la vez fueron años donde la ideología desreguladora marcó también las fronteras políticas francesas (estando la izquierda en el poder), italianas (en el contexto de la crisis de la « Primera República ») y, progresivamente, las alemanas. Los compromisos sociales elaborados por los social demócratas y los demócrata cristianos en todas partes de Europa fueron tomados a mal, de inicio y brutalmente con la revolución tatcheriana en Gran Bretaña y luego progresivamente en el resto del continente. El fin del « socialismo real » soviético vino a brindar una formidable legitimación a los ultraliberales, mientras que las corrientes de la izquierda radical, los social demócratas y los liberales sociales no se habían preparado a este evento que, sin embargo, había sido previsible.

Los « modelos » se detuvieron, y aunque el welfare state inglés fue pulverizado, los modelos continentales también fueron sacudidos al punto de terminar en verdaderos retrocesos. El « modelo de Polders » neerlandés « joya de la democracia neerlandesa » es un buen ejemplo. Después de 1945, los principales partidos políticos, los sindicatos y los patrones concluyeron acuerdos que concernían la política económica. A cambio del control de los salarios y las reducciones de los presupuestos sociales, los sindicatos obtuvieron garantías (flexibles) de gobierno como patronatos, en lo que concernía al desempleo y a los servicios sociales. Sin embargo, en pocos años, estas garantías para los asalariados neerlandeses cambiaron de naturaleza: aunque permanece la protección social, ésta es menos consistente, sobre todo para los sectores más vulnerables (jóvenes, mujeres, emigrantes), y no son más garantes al servicio de la estabilidad del empleo sino de su flexibilidad.

Esta evolución es perceptible también en los países escandinavos, donde la propia inversión de los mecanismos, aunque no ha producido grandes fisuras, sacude a las sociedades, que se vuelven cada vez más desiguales. De esta manera, en Finlandia el sistema se deteriora. La dependencia de las personas frente a la sociedad ha aumentado y los problemas de la vida cotidiana se han multiplicado, en particular, a causa del desempleo. Al mismo tiempo, se han reducido los presupuestos sociales. Las sociedades de los países nórdicos son consideradas, sin embargo, las más igualitarias, las más seguras y las más estables del mundo. Finlandia ha manifestado, y mantiene aún, las más débiles diferencias entre las retribuciones (incluso a pesar de que éstas han disminuido), el segundo sindicato más fuerte y un sistema de salud y de protección altamente apreciados. Pero sea como sea, los mismos mecanismos han producido los mismos efectos en toda Europa Occidental, aunque más brutalmente en el Sur, donde los anteriores compromisos expuestos eran menos sólidos.

3. Las resistencias frente a la desregulación

Las resistencias a esta evolución han sido diversas, en función del vigor de los ataques, de las tradiciones de lucha, del peso de las fracciones de las clases medias que podían aprovecharse de la nueva situación (sobre todo en los países periféricos tales como Irlanda o Portugal), etc. Estas luchas defensivas, que alcanzan desde la lucha contra la desindustrialización relativa a Europa, inducida por la nueva organización económica del mundo, hasta la desregulación y las privatizaciones, han sido un conjunto de fracasos. Su símbolo podría ser la huelga de los mineros británicos.

Otras formas de lucha, allí donde las relaciones de fuerza lo permitían, han tenido, sobre todo por función, que adaptarse a la nueva situación, sobre todo para adaptarse al desempleo masivo. Se ha tratado de defender, al menos en parte, las conquistas populares y proponer nuevos compromisos. Este es el caso particular de las batallas para la reducción del tiempo de trabajo en Francia, en Italia y sobre todo, en Alemania. La batalla por la semana de 35 horas, conducida fundamentalmente por el IG – Metall, dominó la política sindical durante los años 80 y la primera mitad de la década de los 90. Esta lucha duró diez años hasta que la semana de 35 horas fue concedida a las ramas de la metalurgia y la impresión …. Pero cuando llegó, el resultado ha estado lejos de la retribución del trabajo y de los nuevos compromisos sociales establecidos. En los años 80, se había establecido en Alemania una hegemonía política que cambió durante la década de los 90. Los sindicatos, en gran parte, perdieron la iniciativa en lo que concernía al tiempo de trabajo. En la actualidad, son los intereses de las empresas quienes dominan, en función de las exigencias del mercado y de la producción y a través de la flexibilidad.


Todo esto no ha obstaculizado la marcha triunfal del ultraliberalismo. No obstante, a finales del los años 90, queda claro que fracciones importantes de los pueblos europeos no estaban dispuestas a ir más lejos en la lógica de la desregulación. En Finlandia, por ejemplo, la mayoría de las personas creían en las bondades del Estado - Providencia y deseaban su mantenimiento. Un sondeo realizado en marzo de 1999 constataba que 9 de cada 10 finlandeses pensaban que los servicios públicos resultaban importantes como factor de seguridad y que debían ser mantenidos. Más del 70% de los encuestados expresó que ya se había ido muy lejos en la reducción de los presupuestos sociales. La popularidad de las grandes huelgas de los servicios públicos (salud, educación, transporte) de 1995 en Francia son también un signo a tener en cuenta.

4. Nuevas formas de lucha social

En este momento, también se desarrollan nuevas formas de lucha y / o de contestación política del modelo dominante, más allá de las luchas sociales tradicionales de los asalariados y de sus formas de organizaciones sindicales habituales. Christophe Aguiton, sindicalista y animador de numerosos movimientos franceses, distingue un desarrollo en tres fases. La primera, es que la tentativa de la Confederación Europea de Sindicatos de trasponer los compromisos sociales nacionales a nivel de la integración europea parece estar conducida al fracaso. La segunda, es el inicio de la resistencia a las desregulaciones (sobre todo puede verse en las luchas de los ferroviarios). La tercera fase, son las luchas espontáneas que emergen y que relanzan la dinámica de los movimientos (desempleo, sin casa, sin papeles, …) En este contexto es que las Marchas europeas contra el desempleo, organizadas en los años 1998 al 2000, intentaron traducir este nuevo dinamismo a nivel europeo, en particular cuando las Cumbres de Amsterdam y de Colonia.

Estos movimientos se organizan, de entrada, contra las diferentes formas de exclusión, y no toman en cuenta o lo hacen muy difícilmente, a los sindicatos tradicionales, ocupados en la defensa de los asalariados en los sectores protegidos o estables. Ellos son trabajadores en situación precaria, desempleados, inmigrantes con o sin papeles, etc, en resumen, todos aquellos que los movimientos franceses llaman « los sin ». En Francia el movimiento de los « sin papeles » fue un constante titular entre 1996 y 1998, al igual que en otros países, como por ejemplo Suiza, con los movimientos de apoyo a los emigrados y refugiados. Estos movimientos, cuya gran parte ya tiene varios decenios de actividad, han hecho gala de una extraordinaria tenacidad, incluso si sus reveses han sido numerosos, sobre todo en lo que concierne al derecho de asilo, han tenido que confinarse a un trabajo principalmente de « hormigas ».

No se trata solamente de los excluidos, sino también de movimientos en apariencia más clásicos, que conciernen a los sectores estratégicos de la sociedad actual. Se trata de aquellos que cuestionan el ultraliberalismo en los servicios públicos que estaban en el centro de los antiguos compromisos sociales (transporte público, educación, salud, energía y distribución de agua, …), se trata de aquellos que cuestionan los problemas ambientales consecuencia de las problemáticas europeas (transporte, agricultura, energía y distribución de agua, y en el futuro sin duda los servicios financieros, …), se trata, en fin. de aquellos que cuestionan finalidades mayores en el plano ideológico (cultura, educación, …). De esta manera, las grandes huelgas en Francia, que constituyen para muchos el inicio de esta nueva fase de luchas sociales, comenzaron en la salud antes de tomar toda su amplitud en el transporte público, tomando como punto central la cuestión de la seguridad social.

A finales de los años 90, fueron los movimientos contra la agricultura productivista quienes fueron los más visibles, sobre todo en Francia con el combate de la Confederación Campesina que cuestionó el modo de gestión europeo de la política agrícola (desde el punto de vista social y ambiental) y los dictámenes de la Organización Mundial del Comercio (en el contexto de la guerra económica agrícola euro – americana). Esta dinámica no es solo en Francia. En Suiza, por ejemplo, la UPS, miembro de la Coordinación Campesina Europea y, a través de ella la Vía Campesina, hizo un llamamiento a sus miembros para participar en todas las primeras manifestaciones campesinas europeas, i incluso mundiales, convocadas en Ginebra contra la puesta en práctica de la política agrícola de la OMC. Al igual que en los Países Bajos, con las pequeñas organizaciones NAV y NAJK, en Alemania, España, etc., movimientos minoritarios pero muy activos se desarrollaron y a los cuales el desarrollo dramático de la crisis de las « vacas locas » (ESB) y de la fiebre aftosa brindaron un eco considerable en las opiniones públicas.

Conjunto con estos movimientos sociales nuevos o renovados, se han desarrollado en numerosos países europeos grupos y asociaciones que actúan directamente contra la mundialización y sus excesos. Las luchas contra la tentativa de imponer el AMI (Acuerdo Multilateral sobre las Inversiones) han constituido, a menudo, el momento fuerte de la cristalización de estos grupos. Ello implicó, de manera significativa, que se aliaran al lado de los ecologistas (Amigos de la Tierra / Friends of the Earth), tercermundistas, movimientos cristianos (Campaña del Jubileo), feministas y fuerzas del mundo de la cultura (Sociedad de realizadores de filmes). Rápidamente, por todas partes se desarrollaron movimientos contra la política del FMI, contra la OMC, y también contra las privatizaciones (ejemplo, en Finlandia la campaña Pro - Koskenkorva).El movimiento ATTAC para los impuestos sobre los movimientos de los capitales (Impuesto Tobin), nacido en Francia, se expandió rápidamente en numerosos países. En Suiza, la Acción mundial de los pueblos, creada en la marcha tenida lugar en España, organizó en febrero de 1998 en Ginebra un evento que hizo historia en la larga cadena de movilizaciones y de encuentros anti – mundialización que se ha desarrollado en estos últimos años. Las grandes movilizaciones, como la de Seattle y Porto Alegre, han brindado una visibilidad de conjunto a estos movimientos tan diversos como dinámicos.

5. La búsqueda de una alternativa

¿Pero en qué medida estas movilizaciones muestran elementos alternativos al sistema dominante actual ? ¿De qué manera estos movimientos podría, o desearían, influir en la manera en que se integra Europa ? Porque incluso, aunque algunos dirigentes no toman estos movimientos a la ligera (hemos visto al Comisario europeo Pascal Lamy dirigirse a los militantes de la ATTAC …) se está muy lejos de tener un conjunto coherente.

Habría que pensar, si examinamos, por ejemplo, la situación alemana, que a falta de una salida política creíble, teniendo en cuenta, por ejemplo, del hecho de que la coalición Roja Verde sólo se ha preocupado por mejorar la posición de Alemania en el mercado mundial, ¿que la alternativa vendría, de todas formas, del movimiento sindical ? O retomando las preguntas expuestas por Manuel Monereo Pérez, de Izquierda Unida en España, ¿Habría que pensar que las prácticas cotidianas de las luchas sociales trazan las líneas del futuro y significan algo más que decenas de bellos programas imposibles a poner en práctica socialmente ? Habría que encontrar en el Forum de Porto Alegre un elemento de respuesta, en la medida en que ha permitido el encuentro entre los tres grandes componentes del movimiento obrero, libertador, socialista y comunista, la alianza entre los intelectuales críticos y los movimientos sociales alternativos, siendo, a la vez, un lugar de confrontación rigurosa de los análisis del presente y las líneas futuras, siendo un esfuerzo por traducir los valores y principios en proposiciones políticas creíbles y siendo una tentativa para construir una dinámica colectiva de contra poder. Podemos, ciertamente, esperarlo.

Durante los años 1980 – 1990, toda idea de alternativa política o social parecía haberse evaporado. Cuando, a finales de los años 90, la centro izquierda con mayoría social demócrata remplazó en la mayor parte de los países europeos a la centro derecha, esto sólo se tradujo en inflexiones marginales, a veces incluso más lejos en el sentido liberal que en ciertos partidos de derecha. En los inicios del año 2002, la organización ha tendido a ser en sentido inverso (Austria, Italia, …) con un alto riesgo de los efectos negativos. A falta de alternativa, hemos visto aparecer fenómenos de disociación con respecto a la política : ausentismo electoral de los jóvenes o de las capas populares, repliegues corporativos, regresiones xenofóbicas, enraizamiento de la extrema derecha, disociaciones violentas para ciertos excluidos … En algunos casos, la disociación ha provocado disidencias intelectuales progresistas contra el « pensamiento único » y progresivamente estas disidencias parecen tener sentido. Algunas corrientes de extrema izquierda o verdes han obtenido resultados electorales significativos en algunos países. Pero el proceso de una renovación de su pensamiento político, para convertirse en « operacionales » en el nuevo contexto ideológico y cultural, está lejos de ser acabado (en los casos en que ya comenzó). Lo esencial se desarrolla, más a nivel de las sociedades civiles y de los movimientos que de la oferta política propiamente hablando.

¿Qué puede, sin embargo, aportar estos movimientos ? ¿En qué medida pueden hacer evolucionar las relaciones de fuerza, nutrir la política de sus proposiciones ? Tal y como subraya Christophe Aguiton, hay que tener en cuenta la diversidad de estos movimientos, sobre todo en sus expresiones radicales : extrema izquierda libertadora española o autónomas alemanas, militantes de centros sociales italianos, eco – warriors británicos, compuestos de jóvenes (Gran Bretaña, Alemania, Países Bajos, …) o de jóvenes y cuadros de la vieja generación (Italia, España, …). Y, sobre todo, comprender en qué medida son signo de una evolución ideológica profunda. Tal y como lo señala Patrick Viveret en la revista francesa Transversales, a diferencia de los años 70, la sociedad civil es hoy reconocida como actor en la escena nacional e internacional. La gran novedad es que los movimientos enfrentan la cuestión política por excelencia : el problema del poder. En sus temáticas de lucha, se encuentran en la intersección entre las lógicas de resistencia y las lógicas de experimentación. Sin dudas son lo « mejor del reformismo radical », lo mejor adaptado a la emergencia de alternativas, mucho más transformadoras que las lógicas revolucionarias, pero muy marcadas por la dimensión del orden. Estos movimientos pueden ser radicales en la lucha – y lo son – pero deben también derivar en la resolución, a corto plazo, de problemas concretos y, en consecuencia, entrar de lleno en la experimentación.

Estos movimientos se manifiestan en un momento preciso de la historia europea. Mientras más nos alejamos del electroshock original – la segunda Guerra Mundial –, más la energía inicial del proyecto de Unión Europea se diluye, más la dimensión pacifismo es banalizada, más el proyecto pierde en ambición, más las timideces nacionales delimitan el alcance, analiza Patrick Viveret. Esta « Gran Europa » que se dibuja, con veinte y ocho o con cuarenta países miembros, es un sistema híbrido, insatisfecho por naturaleza, pero fundamental en la construcción de una zona de paz. La lógica del mercado único domina pero no es el monopolio de la dinámica. La hipótesis que podemos formular es la siguiente : sería necesaria realizar los dos proyectos a la vez, el de una vasta zona de paz y el de una Europa Confederativa como laboratorio ante la emergencia de una democracia mundial.

Esta problemática, sin embargo, está lejos de ser unánime dentro de los militantes de los movimientos en Europa. En este momento, en que el 75% de las legislaciones nacionales está bajo la influencia directa de los directivos europeos, podría parecer evidente considerar que el terreno de lucha privilegiado sería el de la Unión Europea. Que sería allí, en los avances y retrocesos de los textos, que se mediría el estado de las relaciones de fuerza entre las clases, entre las fuerzas sociales que se concretan en proyectos políticos. Pero esta evidencia está lejos de ser compartida : los movimientos europeos no solamente tienen dificultades para estar representados al nivel de la política europea, sino también tienen dificultades para representar a Europa. En lo esencial, los combates sociales permanecen circunscritos a escala nacional o infra – nacional. La política es nacional. Las interconexiones íntimas entre los movimientos (incluyendo a los sindicatos) de los diferentes países de Europa no han casi progresado desde hace un cuarto de siglo (y a menudo han retrocedido). Y todo esto acerca de problemas que cada uno sabe bien que son, por naturaleza, europeos (ciertos servicios públicos como transportes o energía, los problemas de la libertad de circulación y de inmigración, del ambiente, …). Las realidades culturales e históricas implican que será de esta manera durante mucho tiempo.

Lo internacional de ayer, y en gran medida de hoy, entra dentro de las grandes cuestiones estratégicas. Pero el nivel europeo desde hace unos años concierne también a las finalidades cotidianas locales. Resulta urgente encontrar nuevas formas de interacción, de cooperación, de representación y de lobbying que, ejerciéndose a escala de la Unión Europea, no sean nacionales pero tampoco sean del orden internacional del ayer. Pertenece a las fuerzas políticas y sociales experimentar nuevas maneras de intervenir entre los niveles locales, nacionales y europeos ; construir lazos transversales por empresas, temáticas, etc. ; saber valorar lo que las diferentes experiencias nacionales puede servir de punto de apoyo para todos, por ejemplo, la defensa de los servicios públicos en Francia, la iniciativa local en Alemania, la defensa de los derechos individuales en los Países Bajos, etc.

El movimiento social debe también apropiarse del debate político. Por ejemplo, la idea de la constitución europea, utilizada por algunos políticos como una futilidad, debe ser apropiada por parte de los movimientos sociales como la ocasión para un debate europeo acerca del modelo de sociedad, acerca de los derechos de sus ciudadanos y en particular, acerca de sus derechos económicos y sociales. La cuestión europea concierne a muchos más que a los europeos. Porque como lo recuerda Patrick Viveret, Europa se encuentra atraída hacia un capitalismo informacional y desregulador del Estado Providencia. Se compromete entonces una formidable batalla entre dos modelos reguladores, el del Estado Providencia de una parte, el de la OMC o del AMI de la otra; Europa se encuentra hoy en el centro de esta contradicción.

Auteur: Bernard Dreano

 
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