Eso muestra también la necesidad de un examen minucioso de los movimientos sociales en las sociedades árabes. Este trabajo pretende determinar las características que tienen estos movimientos frente a las transformaciones de la estructura social. Para hacer esto, trataremos de analizar su surgimiento, sus modos de expresión, sus interacciones con el medio ambiente, sus proposiciones de cambio, sus potencialidades y la influencia que ejercen sobre ellos las condiciones exteriores y mundiales. Haremos el análisis en tres partes. La primera tratará sobre el contexto social, económico y político dentro del cual evolucionan estos movimientos. La segunda se vinculará esencialmente al estudio de los principales movimientos de la región. La tercera parte, finalmente, estará consagrada a sus potencialidades y a los desafíos que tendrán que vencer para resistir ante el neoliberalismo.
I. Los Estados árabes después de la independencia y la crisis de los movimientos sociales
Después de conquistada la independencia por los movimientos de liberación, surgió un nuevo tipo de Estado en la región: el Estado independiente. Dada la debilidad de las fuerzas sociales y políticas que caracterizaron al período precedente, los movimientos de liberación nacional y la construcción de Estados independientes parecían constituir la única salida posible ante la crisis de autoridad y frente al problema del desarrollo económico. Esta sed de independencia culminó con la creación de Estados modernos. Las prioridades nacionales iniciales fueron, ante todo, el reforzamiento de esta independencia y la construcción de un Estado que simbolizaba la unidad y la identidad nacional. Se trataba de alentar el desarrollo económico y social con el fin de responder rápidamente a las necesidades y expectativas de los grupos sociales que se habían movilizado para las luchas de liberación.
Para lograr este objetivo, las naciones árabes optaron por una fuerte centralización del poder, porque para ellos era el modo más adecuado de garantizar su independencia frente a las amenazas exteriores, contener las tensiones sociales, atenuar las diferencias entre las clases y, en consecuencia, reducir toda fuente potencial de conflicto. Las élites en el poder (compuestas sobre todo por tecnócratas, altos funcionarios y elementos militares y nacionalistas) estimaban que la clave para resolver el retardo histórico residía en la transformación de las estructuras económicas y en la creación de una economía industrializada y nacionalizada. También, el Estado debía estar fuertemente centralizado, con el fin de planificar mejor la modernización de la sociedad y movilizar más eficazmente a la opinión pública para realizar los cambios radicales. La democracia no le interesaba a estas élites en el poder. Por esta razón, el reforzamiento del Estado prevaleció por encima de la democratización y la unidad por encima del pluralismo. Esta situación desembocó en la puesta en práctica de Estados autoritarios, que cultivaron celosamente sus poderes autocráticos. (Ali Aoumleel, Saad El-Din Ibrahim, 175-176).
Las Constituciones de la mayor parte de los países árabes avalaron esta autocracia basada en un desequilibrio de las fuerzas, que favorecía al poder ejecutivo y concentraba el poder en manos del presidente. En ese momento, las instituciones socioeconómicas eran débiles y su eficiencia era relativa, principalmente como consecuencia del rol primordial que tenia la elite militar (Amany Kandil, 184-186). El sistema patriarcal fue la consecuencia, reforzado económica y políticamente y la personificación del poder se acentuó. Las ventajas que las masas tenían en este sistema eran variables.
Después de la independencia, los Estados árabes se lanzaron en reformas agrarias para obtener los capitales necesarios para la industrialización, la mejora de la infraestructura y del sistema educativo. Adoptaron una estrategia fundada en la sustitución de importaciones y la planificación centralizada. Sin embargo, a pesar de que en un primer momento la industrialización y el lanzamiento de estos procesos de desarrollo dieron buenos resultados, gracias a la puesta en práctica sistemática de estas políticas, estos resultados fueron después afectados por numerosas crisis. El financiamiento de las reformas se volvió cada vez más difícil. El Estado buscaba resolver el déficit a través de una política de inflación, la cual entrañaba el alza de los precios, la reducción de los gastos públicos y, en consecuencia, la disminución de la calidad de los servicios. Políticas de préstamo desconsideradas solo añadieron deudas al problema financiero más general. Pero hubo más. El choque de la derrota militar aceleró la erosión sistemática de la legitimidad popular del Estado y, finalmente, la población no se beneficiaba ni del desarrollo ni de una verdadera independencia.
Dentro de este contexto emergió una forma de oposición en los rangos de ciertos movimientos sociales, movimientos estudiantiles, obreros o democráticos. Tal y como señala justamente Samir Amin, en esa época la empresa burguesa, al escoger hacer depender el proceso de desarrollo del exterior, mostró que la independencia sobre la cual se apoyaba para legitimar su dictadura era solo una ilusión (Samir Amin, 1991, 136). Confrontados ante crisis sin precedentes, numerosos países buscaron una salida en una alianza con el Occidente y se comprometieron a poner en práctica las políticas neoliberales dictadas por las instituciones financieras internacionales. En retorno, esta nueva alianza y sus nuevas políticas les obligaron a dotarse de una nueva forma de legitimidad, en consonancia con el liberalismo político. Pero esta nueva legitimidad se creó bajo la influencia de la tradición patriarcal y del autoritarismo central, en un contexto de descontento creciente de amplias capas de la población afectadas por estas nuevas políticas. Los Estados continuaron sacando su legitimidad de las tradiciones y, más precisamente, de las tradiciones islámicas, monárquicas y tribales (Samir Amin, 2003).
La inclinación progresiva de estos Estados hacia la economía de mercado se tradujo por la expansión del sector privado y por la privatización de numerosos sectores que antes eran estatales. Estas olas de privatización comenzaron por los bancos y los servicios y, en menor medida, en la agricultura y la industria ligera. Por otra parte, el sector privado obtuvo franquicias de sociedades multinacionales extranjeras. La rápida expansión de este sector se acompañó de una multiplicación de las prácticas parásitas (especulación inmobiliaria, comisiones, para solo citar las más importantes) que le abrió la vía a las prácticas informales en las clases superiores. Altos funcionarios, oficiales y personal de seguridad se pusieron a trabajar para el sector privado secretamente durante su carrera pública y abiertamente al finalizar esta. La práctica del nepotismo consolidó los lazos entre las elites económicas y políticas, y el poder político empezó a tener un rol central dentro de las actividades económicas. Este sistema, llamado capitalismo especulativo o capitalismo improductivo, favoreció las relaciones clientelistas y la emergencia de una economía de “reparto” en detrimento de la producción (Bourhan Ghelioun, 127; Saad El-Din Ibrahim, 275-277).
Además de esta interpenetración entre el mundo de los negocios y la política, la cual minó la autenticidad del liberalismo en las sociedades árabes, la élite económica no era realmente independiente, porque su existencia dependía de los servicios directos o indirectos que le rendía al mercado mundial. El mercado nacional era para ellos un instrumento de acumulación del capital indispensable para su integración al capitalismo mundial. De esta manera, la burguesía se distanció progresivamente de las realidades del Mundo árabe, de la pobreza endémica y del crecimiento de la economía informal. Lógicamente, esta clase no podía alentar simultáneamente a las libertades democráticas y a las libertades económicas a las cuales les debía su existencia. Dependiente del exterior, no buscaba el apoyo de una amplia base social para hacer avanzar su programa liberal. Ella contó esencialmente para lograr sus fines con la presión ejercida sobre los Estados por parte de las instituciones internacionales. La alianza entre la élites en el poder y las potencias extranjeras, así como el surgimiento de un autoritarismo despótico, fueron los dos factores principales que explican el mantenimiento en el mundo árabe de una forma de capitalismo dependiente, a pesar de las contestaciones sociales (Bourhan Ghaliouen, 128; Ali Omleel; Samir Amin, 2003).
La determinación de los regímenes árabes de conformarse con los sistemas políticos de sus aliados occidentales estuvo acompañada de las presiones de los organismos de crédito para que estas “democracias” minimizaran el rol socioeconómico del Estado, a favor, por supuesto, de una élite económica y cultural que no cesaba de vanagloriar los méritos del liberalismo y el carácter irrevocable de la mundialización.
La fragmentación del rol del Estado provocó la disminución de la influencia de las organizaciones populares en las grandes decisiones políticas y económicas. En este contexto, el pluralismo político era considerado como un privilegio acordado por la élite y que podía ser retirado en el caso de un mal uso. El Estado conservó su naturaleza autoritaria y solo se hicieron reajustes menores, cambiando el paisaje de tipo absolutista por un nuevo tipo de control (Amany Kandeel, 51). Por otra parte, el pluralismo político estuvo acompañado de un retorno de los sistemas autocráticos mamelucos, los cuales minaron las capacidad de las fuerzas populares para organizarse sobre bases independientes (Samir Amin, 2003). Egipto es el caso más emblemático de ello. A finales de los años setenta fue adoptado un conjunto de leyes restrictivas que incluían hasta cadenas perpetuas para las condenas políticas. Bautizadas como “leyes de la vergüenza”, ellas han estado inscritas de manera duradera dentro del paisaje político egipcio.
Este clima autoritario contribuyó a asfixiar a las otras corrientes de pensamiento político e intelectual. La ausencia de una base social, consecuencia de las actuaciones de la elite económica, solo acrecentó la crisis del liberalismo. Paralelamente, el derrumbe de la Unión Soviética agravó la crisis de la izquierda. Sin embargo, a pesar de enfrentarse con diversas ramas del Islam político, algunas de estas tendencias adquirieron cierto peso político, lo cual les brindó un determinado poder de negociación. Incluso algunos partidos políticos encontraron un lugar dentro del juego político, a pesar de que las reglas habían sido fijadas anteriormente. Al pasar el tiempo, aprendieron a acomodarse dentro de los pequeños márgenes de oposición que le fueron concedidos. A pesar de que ocupan un cierto número de escaños en los parlamentos, tienen muy poca influencia real en las tomas de decisión.
La similitud entre las prácticas del régimen y las de los partidos es otro hecho que llama la atención. La realidad cotidiana difiere radicalmente de las exigencias de libertad y de las prácticas democráticas inscritas en los programas de los partidos. La mayor parte de los líderes de los partidos, que ocupan las más altas funciones desde su creación, han acaparado progresivamente el poder de decisión, restringiendo, de esta manera, la participación de la base y de los niveles intermedios (Amani Kandeel, 134). Este rol de las personalidades se manifiesta también en su aptitud a facilitar las operaciones y a mantener cierta comunicación con el Gobierno. Las élites tienen la idea de que el cambio solo puede realizarse a través del ejercicio del poder central y siguiendo los dictados de las presiones exteriores. La estrategia de cambio adoptada por las élites debe ser entonces interpretada como una tentativa de cabalgar sobre el sistema patriarcal, suscitando las reacciones de la opinión pública mundial y de los centros de poder internacionales. Esta también ha sido la estrategia de resistencia adoptada por los dirigentes de las ONG, cuyo número aumentó fuertemente en los años noventa, gracias al apoyo de instituciones donantes y de organizaciones internacionales, en el contexto de la transformación neoliberal.
El modelo autocrático militar - mercantil existente en el Mundo árabe, parece estar próximo al modelo mameluco compradore (Samir Amin, 2003). El triángulo formado por el Estado, la oposición y las potencias, recuerda el triángulo del Siglo XVIII, que encarnaba la dependencia jerárquica y la hegemonía patriarcal, en el cual los dirigentes populares defendían el interés de las masas sirviendo como intermediarios entre ellas y las autoridades locales, pero también ejercían la dominación sobre la población evocando al poder otomano central que los había designado. Una pregunta debe ser hecha: ¿pueden los movimientos sociales sobrepasar este triángulo e iniciar un cambio en el interés de masas? Nosotros trataremos de responderla.
II. Los principales movimientos sociales en las sociedades árabes
El advenimiento del neoliberalismo en las sociedades árabes nos lleva a hacernos numerosas preguntas en cuanto a la posibilidad de rectificar los profundos desequilibrios que sufre la región desde hace mucho tiempo, además de las llamas de violencia que la atraviesan frecuentemente. Los observadores estiman que la región está a punto de transformarse, a pesar de que estas transformaciones son, a menudo, difíciles de evaluar o de prever ¿Los poderes políticos y sociales se contentarán con el papel que se les ha asignado? ¿Las masas populares soportarán durante mucho tiempo estas condiciones (Mohsen Marzouk)?
1. Los movimientos obreros
El interés frente a los procesos de industrialización en numerosos países independientes, con vistas a construir verdaderas economías nacionales, entrañó el surgimiento de una nueva clase obrera, cualitativa y cuantitativamente diferente de la que se había constituido durante el período precedente. Estas transformaciones tuvieron un impacto directo en el movimiento obrero. La colonización le había dado a este movimiento una fuerte dimensión nacionalista, pero el hecho de que los Estados nacionalistas se convirtieron en los empleadores principales, marcó fuertemente los debates entre lo político y lo económico y las relaciones entre el Estado y los sindicatos.
Muy rápidamente los países árabes adoptaron medidas que le otorgaban ciertas ventajas a los trabajadores, pero que restringían considerablemente su grado de independencia: creación de organizaciones profesionales gubernamentales, leyes que limitaban o abolían el derecho de asociación, desmantelamiento de todos los medios de resistencia y recurso a medidas de seguridad interior, incluyendo la violencia. En este sentido, Siria y Egipto son ejemplos emblemáticos, a pesar de que estas políticas tuvieron un impacto diferente en estos países. En Egipto, estas políticas incitaron a los dirigentes sindicales a intentar escapar de la hegemonía gubernamental, dando, de esta manera, nacimiento a un movimiento obrero al margen del sindicalismo oficial. En Siria, por le contrario, los trabajadores tuvieron tendencia a hacerse oír utilizando el canal ofrecido por el sindicalismo oficial.
Durante el año 1968, Egipto fue escenario de importantes movilizaciones obreras, al margen del sindicalismo oficial y contra el Gobierno. En sus inicios, las reivindicaciones de este movimiento tenían un carácter francamente nacionalista – se trataba de llevar a la justicia a los responsables de la derrota de 1967- pero después de 1968, la lucha se desplazó hacia el terreno económico y las exigencias parciales se articularon en reivindicaciones más globales. Los trabajadores del sector público tuvieron un importante rol, porque tenían clara conciencia de la situación y una gran parte de ellos había participado en el movimiento comunista de los años cuarenta. El rechazo por parte de los trabajadores del sindicato oficial se puso de manifiesto cuando rechazaron tratar directamente con el sindicato durante la huelga de Shoubra El - Kheima en 1975.
Siria tuvo una evolución diferente. La Unión de Trabajadores se convirtió en un sindicato político después de la toma del poder del partido Baas en 1963 y dada su capacidad de adaptar su discurso a las aspiraciones de los trabajadores. La clase obrera se convirtió en un socio legítimo del Gobierno, en la medida en que se consideraba directamente responsable de todos los fracasos y beneficios obtenidos. La Unión de Sindicatos de Trabajadores sigue siendo en la actualidad una fuerza principal, como consecuencia de las presiones ejercidas por parte de la base obrera, de sus discurso histórico anti transcapitalista, de su participación activa en el seno de la Unión Internacional de Sindicatos de Trabajadores y del rol que han tenido algunas personalidades de izquierda como el Dr. Shebel Marzouk. Sin embargo, la duración de este movimiento está comprometida, porque el Gobierno hace poco tiempo se lanzó en un proceso de reformas económicas y políticas (Saber Barakat, Kamal Abbas, Moustafa Magdy El-Gamal y Sawsan Zukzuk).
La experiencia tunecina es testimonio de otro tipo de relaciones entre el movimiento obrero y el Estado. Englobando a la Unión General de Trabajadores, el Estado ha expuesto al movimiento ante otros factores políticos. A pesar de ser a menudo víctima de las contradicciones inherentes del sistema político, la Unión se ha convertido en un actor innegable dentro de la escena política. Esto le ha permitido convertirse en un agente de cambio, a pesar de que, sin dudas, ha sabido aprovechar plenamente las oportunidades que se le ofrecen. La causa quizás pueda ser la naturaleza del régimen Bourguiba, en el cual la clase política entera apoya al poder, en tanto que en los otros países la tecnocracia está íntimamente vinculada al poder central. En los años setenta, la Unión General de Trabajadores Tunecinos reagrupaba a las principales fuerzas de oposición. Ella era la organización popular más potente del país y tenía sucursales en todas las grandes ciudades. Esta es la razón por la cual el movimiento sindical logró imponer parcialmente un programa social compatible con los intereses de las masas populares y favorable a la democratización de la estructura gubernamental. Pero Habib Achour, dirigente de la Unión en esa época, el cual estaba mezclado de cerca a las querellas que había alrededor de la sucesión del presidente Bourguiba, sacrificó el desarrollo del sindicato ante sus intereses personales. Por otra parte, las fuerzas conservadoras en el seno de la Unión alentaron ciertos conflictos internos en su propio interés, lo que dañó al sindicato y terminó transformándolo en “sindicato socio” del nuevo Gobierno de 1987 (Mohhsen Marzouk).
Otro ejemplo significativo es el de Sudán. El alternar entre democracia civil y poder militar transformó rápidamente al sindicalismo. Esta transformación desembocó en importantes revueltas populares e insurrecciones durante la revolución de 1964 y el sublevamiento de 1985 y también en formas de acciones clandestinas como fue el caso, después de 1970, bajo la administración de Nemeiri (Othman Serag El Din). En los países árabes, las relaciones entre las fuerzas políticas de izquierda y el movimiento obrero han tenido un papel central en la toma de conciencia de la clase obrera y en la politización de los movimientos obreros. En revancha, esta evolución ha reducido considerablemente la independencia de los militantes y dado lugar a numerosas querellas, que han llegado incluso a afectar la unidad natural del movimiento. Este fue el caso de Egipto. En Argelia, por el contrario, este tipo de crisis se produjo más tarde y coincidió con el inicio de las políticas de ajuste estructural que debilitaron a la clase obrera y la obligaron a ponerse a la defensiva (Saber Barakat, Nasser Gaby).
De hecho, estas interacciones son testimonio de la naturaleza patriarcal de las instituciones árabes, la cual influencia las relaciones entre el Estado nacionalista y los trabajadores. Por un lado, el Estado otorga ciertas ventajas, pero por otro lado, ahoga toda posibilidad de autonomía e independencia. Esta situación le permitió también a las fuerzas de izquierda controlar el movimiento. El patriarcado se manifiesta igualmente a través del rol sobredimensionado que se le atribuye a las personalidades en la determinación de las orientaciones y de los objetivos del movimiento social. En el caso de Túnez, el problema es saber en qué medida las políticas individualistas de Bourguiba influyeron en el destino del movimiento obrero e incluso en el de todo el país. Sus maniobras en el partido en el poder y en los sindicatos suscitaron conflictos feroces entre los dirigentes sindicales en el momento de su sucesión. Esta es, sin dudas, una de las razones por las cuales el movimiento perdió una ocasión histórica de separarse del poder.
Cuando los regímenes árabes pusieron en marcha las políticas de ajuste estructural, una nueva forma de sector privado apareció y los trabajadores perdieron todos los poderes que el Estado le había garantizado a los sindicatos cuando se practicaban políticas socialistas y se respetaban los derechos de los trabajadores. El movimiento obrero fue entonces atacado desde cuatro flancos. De entrada, por los empleadores, quienes provenían de clases y medios sociales diversos y tenían diversas fuentes de ingresos. En su conjunto asumieron plenamente el rol de “empleadores informales”, despreocupándose de las leyes y de las relaciones históricas entre empleadores y empleados, susceptibles de frenar su búsqueda de provechos inmediatos. Además, como tenían relaciones estrechas con el partido en el poder, a través de parentescos o de redes de intereses comunes, pudieron pisotear abiertamente los derechos de los trabajadores y desmantelar al movimiento obrero.
Los Gobiernos también atacaron al movimiento obrero, porque este se opuso radicalmente a las políticas dominantes y era capaz de alimentar la resistencia social frente a las decisiones gubernamentales. Los movimientos obreros fueron también afectados por el estatus de sus aliados, esencialmente fuerzas de izquierda, las cuales tuvieron un papel central en estos movimientos. Es totalmente lógico que la debilidad actual de la izquierda, la erosión de su peso político y de su influencia en la sociedad, hayan dañado a los movimientos obreros. Estos perdieron a sus preciosos aliados y entraron en un estado de letargo.
Finalmente, habría que señalar la evolución de la composición de la mano de obra como consecuencia de los ajustes estructurales y de la modificación de las actividades económicas en los Estados árabes. La mano de obra del sector público se redujo de manera espectacular, en tanto que la del sector privado no hacia más que aumentar. Por otra parte, nuevos elementos se unieron a esta mano de obra, como por ejemplo, los obreros de las nuevas ciudades industriales de Egipto. Además, la proporción de trabajadores que participaron en las luchas históricas y que habían desarrollado una conciencia nacionalista disminuyó, para provecho de los trabajadores educados en una mentalidad consumista y que no tenían ningún lazo con el movimiento y sus ideales. A ello habría que añadir la masa de obreros no calificados del sector informal, privados de toda protección jurídica y cuya capacidad de unidad y de solidaridad es, en consecuencia, más que reducida (Kamal Abbas).
Estos cuatro factores contribuyeron fuertemente a paralizar al movimiento. Sus movilizaciones se volvieron aisladas, efímeras y transitorias. Esta situación subraya algunas preguntas primordiales a las cuales deben responder los actores del mundo del trabajo. La primera es la relativa a la democratización de la estructura del movimiento, los límites de la colaboración con los sindicatos oficiales y la multiplicación de nuevos sindicatos. Muchos militantes egipcios esperaban que un aumento del número de sindicatos pudiera reforzar al movimiento obrero – ellos intentaron fundar organizaciones independientes en el propio seno del sindicato oficial -, pero la voluntad del Gobierno de mantener su dominación sobre la Unión del Sindicato de los Trabajadores les impidió lograr este objetivo (Saber Barakat). En Argelia, la pluralidad de sindicatos no le permitió a l movimiento obrero salirse su posición defensiva, porque estos sindicatos fueron creados durante un período de fragilidad del movimiento.
Otra pregunta pertinente es la respectiva al potencial de comunicación y de transmisión del saber - hacer entre las diferentes generaciones de militantes. Finalmente, sería interesante estudiar las relaciones entre el movimiento obrero, los políticos y los intelectuales, con el fin de encontrar un equilibrio entre solidaridad e independencia del movimiento. Este aspecto tiene como corolario otro problema, el cual exige disociar las dimensiones política y económica dentro del seno del movimiento. Últimamente, han surgido grupos que reúnen a militantes, dirigentes sindicales históricos y de ONG. Estos grupos defienden, sobre todo, los intereses de los trabajadores, aplastados por las políticas neoliberales. La mayor parte de estos grupos cooperan entre ellos y coordinan sus actividades más allá de las fronteras (por ejemplo, entre Egipto y Argelia). Ellos convocan seminarios, elaboran boletines de información, circulares y material profesional y proponen alternativas al derecho del trabajo en vigor. Estos grupos son muy activos, pero son fuertemente dependientes de las iniciativas de los intelectuales y de los militantes comprometidos en la defensa de los derechos de los trabajadores. Por otra parte, ellos trabajan en estrechos márgenes democráticos concedidos a estas actividades, en particular por el movimiento obrero.
2. Los movimientos campesinos
Después de la independencia, la mayoría de los países árabes comenzó un intenso proceso de reforma agraria, en el marco de una empresa nacionalista burguesa que buscaba privar a los grandes propietarios de su influencia económica, política y social y obtener los excedentes indispensables para iniciar el proyecto de industrialización. En Egipto, luego de la revolución de julio, en septiembre de 1952, el Estado adoptó un conjunto de leyes agrarias que fijaban un tamaño máximo para la propiedad terrateniente rural y que autorizaban la redistribución de ciertas tierras a los pequeños campesinos. Sin embargo, estas leyes solo concernían al 7% de las tierras, de las cuales apenas fue redistribuido el 5%.
Durante esta época, se constituyó un movimiento campesino egipcio para oponerse a los grandes terratenientes que querían acaparar las tierras restantes y para impedir el control de las zonas rurales por parte de los notables. Numerosos enfrentamientos opusieron a los campesinos con los grandes propietarios y ocasionaron diversas victimas, entre ellas, Salah Hussein, Dessouki Ahmed Ali y Abdel Hamid Ghandour. Fue en esta época que las autoridades administrativas burocráticas se aliaron con los grandes propietarios y con los agentes de la Unión Socialista, con el fin de confiscarles a los pequeños campesinos sus pobres adquisiciones. Las Cooperativas, los Comités de arbitraje de litigios y los Comités locales se convirtieron en instituciones que servían a estos intereses. De 1960 a 1965 el Gobierno logró apropiarse de alrededor del 11% de los excedentes agrícolas. A partir de 1960, al frenarse el proceso de desarrollo y profundizarse la “política de apertura”, las cooperativas fueron reemplazadas poco a poco por los bancos de las ciudades (1976). Los créditos, concedidos a menudo con altas tasas de interés, se volvieron una carga pesada para los agricultores, lo que entrañó un deterioro de sus condiciones de vida. Esta fue la causa de un éxodo rural masivo hacia las ciudades y hacia los países del Golfo, productores de petróleo.
En 1992, las políticas neoliberales se tradujeron en la adopción de una ley que liberalizaba los alquileres en las zonas rurales y abolía los derechos de los campesinos. Los grandes propietarios tuvieron el derecho de fijar el valor de arriendo y el régimen de cultivos de sus tierras, razones por las cuales numerosos agricultores perdieron sus tierras y se unieron a la masa de asalariados agrícolas. Las políticas de liberalización condujeron también a que se abolieran las subvenciones de la producción agrícola, se liberalizaran las tasas de interés para los préstamos agrícolas y se aboliera la exoneración fiscal para los pequeños propietarios. El mundo agrícola, en proa de un recrudecimiento del desempleo rural y de una deterioración importante de las condiciones de trabajo, fue dominado progresivamente por las mafias que trabajaban en la importación - exportación y por las fuerzas monopólicas. Las relaciones entre los campesinos pobres, los representantes del Estado y los grandes propietarios terratenientes se hicieron cada vez más conflictivas. Los pequeños propietarios agrícolas, que representan alrededor del 95.8% del conjunto de propietarios, poseen actualmente el 50% de las tierras, en tanto que el 45% de los propietarios tienen el 30% y el 0.2% posee el 15%.
Para luchar contra tales condiciones, se fundó la Unión de Campesinos en 1983, dentro del seno del partido nacionalista y progresista Tagammu. Centros de investigación, ONG y partidos políticos se pusieron igualmente a la escucha de los campesinos. Sus peticiones podían ser resumidas en: reorganización de la Unión Central de Cooperativas, en tanto organismo capaz de tener un verdadero rol en la defensa de los agricultores, creación de un Banco cooperativo al servicio de los campesinos, formulación de reacciones con respecto a los acuerdos basados con el Banco Mundial y el USAID y oposición a la normalización de las relaciones con el Estado de Israel.
El movimiento de resistencia campesina debutó en los años noventa frente a los altos responsables y la prensa. Sus animadores recogieron miles de firmas de propietarios y se asociaron con la oposición para organizar más de 200 conferencias campesinas. Animaron también manifestaciones públicas y sitiaron las sedes de cooperativas. Después de 1996, los movimientos empezaron a reclamar la abrogación de una ley sobre los arriendos y se multiplicaron en numerosas regiones rurales de Egipto. Esta ley, después de su entrada en vigor en 1997, año en que Egipto fue escenario de numerosos afrontamientos se ha sentido muy duramente dentro del mundo rural.
Pero otros factores calmaron las tensiones y facilitaron que los agricultores se acomodaran ante la nueva ley. Algunos campesinos ignoraban el impacto de la ley sobre sus ingresos, y además, se establecieron compromisos entre trabajadores y propietarios. La prensa no divulgó las reivindicaciones de los movimientos campesinos. A pesar de las diferencias de opinión entre los analistas acerca de la amplitud, eficacia, y duración de estos movimientos, todos están de acuerdo en que ellos expresan las aspiraciones de los campesinos pobres y particularmente de los obreros agrícolas (Hanan Rmadan).
En Sudán, la primera Unión general de campesinos sudaneses se constituyó durante el régimen militar de mayo de 1967 . Esta primera Unión general fue creada por la Unión Socialista, única organización política sudanesa, con el objetivo de representar a los campesinos. Sin embargo, tal como podía preverse, su rol de defensa de los intereses campesinos no dio los frutos esperados. La Unión general se componía principalmente de uniones regionales y de asociaciones que promovían proyectos de irrigación en el mundo rural. En 1992, durante la llegada al poder del Gobierno actual, la Unión representaba a todos los campesinos de Sudán. Tenía 560 miembros directos que representaban a las diferentes provincias sudanesas en proporción con su densidad agrícola. Los agricultores sudaneses sufrieron directamente el descenso de los precios de los productos agrícolas impuesto por el Gobierno. Muchos de ellos se vieron obligados a abandonar sus tierras y emigrar hacia Khartoum. Las explotaciones agrícolas fueron privatizadas en 1992. En total, 20 explotaciones fueron vendidas y 492 obreros agrícolas, de un total de 2 229, fueron licenciados. La Unión campesina no estuvo en condiciones de reaccionar.
3. Movimientos intelectuales, protestas nacionales y exigencias democráticas
En la mayor parte de las sociedades árabes el Estado nacionalista intentó, después de la independencia, enrolar a los intelectuales, haciendo un llamado a sus sentimientos nacionalistas y brindándoles espacios de creatividad e innovación dentro de las instituciones públicas. De esta manera, a pesar de que conservaron en su mayor parte sus opiniones políticas, se redujo considerablemente su capacidad de acción, dada su integración a organismos de prensa oficiales y asociaciones de autores y artistas al servicio del proyecto nacionalista.
Con el fin del nacionalismo, numerosas naciones árabes se aliaron con Occidente y, en ciertos casos, buscaron normalizar sus relaciones con Israel. Esta aproximación coincidió con la adopción, por parte de varios Gobiernos, de ciertas formas de pluralismo. Sin embargo, la toma de distancia de las autoridades frente al nacionalismo, la influencia política, cultural y militar creciente del Occidente, las crisis socioeconómicas sucesivas, la naturaleza puramente formal del pluralismo y la democracia y la incapacidad de los partidos políticos para integrar a los intelectuales, condujeron a que éstos se comprometieran con actividades que les permitieran manifestar su oposición frente a las políticas en vigor. Estas actividades reagruparon a intelectuales de diversas corrientes políticas – desde militantes de izquierda hasta islamistas, incluyendo a liberales – que se unieron por las mismas preocupaciones nacionalistas y por las mismas exigencias democráticas. Esta resistencia tuvo diversas formas, esencialmente colectivas (comités nacionales, comités dentro de organizaciones profesionales, centros de investigación) aunque también tuvo formas individuales, sin olvidarnos del surgimiento de una prensa de oposición. Estos intelectuales recurrieron a diferentes métodos para hacerse oír: escritos, conferencias, seminarios y organización de campañas públicas.
La mayor parte de estos grupos defienden una visión nacionalista y democrática. Sus reivindicaciones van desde la oposición a normalizar las relaciones con Israel hasta el apoyo a la Intimada y al pueblo iraquí, incluyendo la preservación del patrimonio cultural, la lucha contra la corrupción, el rechazo ante la “política de apertura” y de privatizaciones, la crítica de la dependencia, las denuncias de la amenaza que representan para los países árabes los Estados Unidos e Israel en los planos intelectual, económico y militar y la defensa de las libertades en el Mundo árabe (Muhammad Ismail). Inicialmente, la democracia no formaba parte de sus reivindicaciones prioritarias. Ésta surgió, sobre todo, cuando se produjeron conflictos que opusieron a estos intelectuales con el Estado a propósito de otros problemas, sobre todo del nacionalismo. Esto confirma la idea de que en el Mundo árabe el autoritarismo es “aceptable” si es ejercido por un régimen nacionalista (Samir Amin, 2003).
Resulta importante señalar que los movimientos intelectuales nacionalistas nacieron del propio seno de los movimientos sociales. Este hecho se explica por la larga tradición nacionalista, que fue revivida por la nueva dependencia del Estado con respecto a los nuevos centros capitalistas y por la ocupación y colonización por parte de Israel de franjas enteras del territorio árabe. Estas preocupaciones nacionalistas han agrupado a diversos grupos políticos, movimientos sociales y ONG. La causa y el problema nacionalista son las únicas semillas de la acción colectiva. Ellas logran reagrupar tanto a los militantes aguerridos como a las masas habitualmente pasivas.
Se pueden formular muchos señalamientos en lo que concierne a la amplitud, composición y duración de este tipo de acciones. Los miembros de estos grupos son poco numerosos actualmente y no han aumentado desde hace mucho tiempo. La mayor parte de ellos pertenecen a varios grupos a la vez y son las mismas personas las que actúan en diversos comités. En este sentido, la cantidad de comités populares no indica nada acerca del número de militantes. Por otra parte, estos grupos sólo son activos temporalmente y congelan, a menudo, sus actividades durante períodos indeterminados. Esta pertenencia múltiple se debe, en gran parte, a la acción de los partidos de oposición, los cuales, en sus rivalidades, buscan consolidar su poder político apoyándose en estas formas de resistencia. Pero esto también podría ser imputable a los numerosos conflictos personales que existen dentro de las organizaciones populares. Estas formas de resistencia popular tienen, en consecuencia y a menudo, estrechos lazos con los partidos, o gozan de la presencia en su seno de figuras públicas influyentes, las cuales tienen habitualmente tendencia a buscar un cierto modus vivendi con el Estado, limitando sus actividades si fuera necesario o rechazando traspasar determinados límites.
Estos grupos y comités, sin embargo, tuvieron un periodo de intensas actividades durante los años noventa, particularmente entre 1997 y el año 2000. El aumento de la agresividad de los Estados Unidos e Israel frente a los pueblos árabes suscitó resentimiento e indignación, sentimientos exacerbados por las terribles condiciones de vida y la sucesión de crisis socioeconómicas. De hecho, el sentimiento antiamericano, el apoyo a Irak y a Palestina y las manifestaciones contra la guerra, han sido la expresión de malestares más profundos. La opresión policial que pretende silenciar a las manifestaciones en Egipto ha dado cierta idea de la amplitud y del poder que podría tener el movimiento popular si fuera libre para expresarse dentro de un marco democrático. Los intelectuales, al igual que los otros grupos populares, solo están autorizados a actuar dentro del estrecho margen de maniobra que les ha sido permitido y el Estado intenta mantener este margen lo más reducido posible.
4. El movimiento anti globalización
Las primeras actividades “anti-globalización” surgieron en la región árabe como iniciativa de diversos movimientos sociales. Los centros de investigación no gubernamentales tuvieron un importante papel dentro de estas campañas, al igual que ciertos centros de defensa de los trabajadores (el Centro de servicios sindicales) y de los campesinos (el Centro rural en Egipto), movimientos estudiantiles (la Federación General de Estudiantes de Túnez), movimientos culturales, nacionalistas y grupos de presión (el Arab Research Center, el Centro judicial Hisham Mubarak, los comités anti normalización en Egipto, los comités de boicot, los forums culturales y los comités de apoyo a Irak y a Palestina en Siria). Las organizaciones de mujeres también han contribuido a sensibilizar al público frente a los problemas de la mundialización.
Antes, los grupos que proponían alternativas económicas y sociales frente al neoliberalismo se componían, sobre todo, de intelectuales nacionalistas y de defensores de la democracia, cuya acción revestía cierta dimensión socioeconómica, a instancias de la Coalición de Egipcios, fundada en 1979. Esta coalición reunía a más de cien miembros de diversos partidos, los cuales criticaban la puesta en marcha de la “política de apertura”. Más tarde, en la medida en que el discurso anti globalización se extendió y generalizó, las acciones de estos intelectuales fueron tomando una dimensión cada vez más socioeconómica. Esto condujo a que las nuevas generaciones salieran a la escena pública al lado de las viejas generaciones reactivadas.
Algunas de estas acciones criticaban explícitamente el proceso de mundialización, en tanto que otras estaban inspiradas por el socialismo. A pesar de que desde hacía varios años existían numerosos comités que llamaban a boicotear los productos israelíes y americanos, y que tenían un discurso “anti globalización”, la primera organización explícitamente “anti globalización”, el Grupo egipcio contra la globalización, no fue fundado hasta el año 2002, en el Cairo, durante una reunión que agrupó a más de 200 personas. Este grupo se comprometió a luchar contra toda forma de neoliberalismo, tanto en el plano económico como en el social, denunciando sus consecuencias: pobreza, desempleo y falta de compromiso del Estado con el sector social y de los servicios. Este grupo ha organizado forums de discusión y seminarios en varias regiones del país, publicado folletos y coordinado diversas campañas.
Las actividades de ciertos centros de investigación van en este mismo sentido, como es el caso del Centro de estudios y de investigación socialista, fundado en Egipto en 1999. Este centro, cuyos miembros son jóvenes en su mayor parte, publica diversas revistas y folletos de información sobre el movimiento anti guerra, la ley única sobre el trabajo y la ley de arriendo agrícola, así como libros y folletos marxistas traducidos al árabe. Por otra parte, en Siria, el Comité nacional para el boicot de los bienes e intereses imperialistas fue creado en el año 2000, como consecuencia de una declaración hecha por diversos intelectuales (Mohamed Ismail, Sawsan Zukzuk).
Muchas tentativas de coordinación de estas iniciativas contra la globalización han sido lanzadas durante estos últimos años. Cierto número de organizaciones participaron en la Conferencia panárabe de El Cairo en octubre de 2001, organizada como reacción ente la Conferencia de la Organización Mundial del Comercio, que se celebraba en ese momento en Doha. Esta Conferencia acogió a representantes de organizaciones provenientes de Siria, Palestina, el Líbano, Jordania, Senegal, Nigeria y otros países de África y de Asia. Por otra parte, también se ha avanzado gracias a la participación de representantes de organizaciones árabes en el Forum social africano, en el Forum social asiático y en el Forum social mundial, así como gracias a la idea de organizar forums sociales nacionales y regionales en el Mundo árabe. Sin embargo, hay que señalar que en la mayor parte de estas acciones sólo participan un pequeño número de intelectuales y de militantes de la sociedad civil.
III. Los desafíos de los movimientos sociales y de resistencia ante la mundialización
Hasta este momento, hemos intentado mostrar en este artículo el contexto de la acción colectiva social y civil en el Mundo árabe. A continuación, pondremos en evidencia los desafíos ante los cuales están confrontadas estas resistencias activas contra el neoliberalismo.
1. Los movimientos sociales, entre lo viejo y lo nuevo
Lo anteriormente expuesto nos ha permitido mostrar que los llamados “antiguos” movimientos sociales o movimientos de clases están en la actualidad representados, sobre todo, por organizaciones obreras y campesinas. Dadas las condiciones actuales, sus acciones en el Mundo árabe se han fragmentado, son reactivas y espontáneas, hecho que les ha impedido, hasta el presente, construir una resistencia sólida y duradera. En cuanto a los grupos de presión, las organizaciones religiosas y de mujeres, podemos decir que conforman lo que llamaremos los “nuevos” movimientos sociales. Estos grupos no se apoyan específicamente en una identidad de clase (con excepción de las organizaciones de defensa de los derechos de los obreros y los campesinos y los comités anti mundialistas de izquierda) y su configuración es muy diferente. La mayor parte de ellos busca lograr sus objetivos en una escala superior, tratando directamente con las autoridades competentes, en lugar de inducir un cambio cultural o social a partir de la base o a partir de un cambio de las normas de la vida social.
2. El sistema patriarcal y su relación con el Estado y la autoridad
La influencia del Estado en la acción social es muy diferente entre los países árabes. Esta influencia puede ser directa (dependencia de los sindicatos frente al Estado que rechaza toda forma de pluralismo) o indirecta (relación del Estado con los grupos de presión únicamente durante los periodos de conflicto). Estas relaciones entre el Estado y los movimientos sociales se insertan generalmente en un juego de suma nula, en el cual el peso de uno de los dos actores aumenta en la medida en que el peso del otro disminuye. Este ha sido siempre el caso en la historia de las relaciones entre el Estado y la sociedad civil en el Mundo árabe. Cuando el Estado es débil, la sociedad civil se vuelve fuerte y vigorosa, como lo ilustra la situación egipcia después de la llegada al poder de Muhammad Ali hasta la revolución de 1919 y en los años posteriores a la derrota de 1967 (Mohamed El-Sayyed Saeed, 9). Aunque el poder del Estado ha fluctuado según las épocas, esta relación conflictiva ha permanecido constante. Cuando la sociedad civil intenta negociar con el Estado para lograr sus objetivos, ello no es para nada testimonio de una ausencia total de conflicto. Por el contrario, ello refleja más bien un cierto equilibrio entre los poderes, en el cual la debilidad de la sociedad civil es inversamente proporcional a la fortaleza del Estado.
La acción social no tiene como finalidad la acumulación de poder. Dadas la hegemonía patriarcal y las relaciones conflictivas, los nuevos movimientos sociales buscan, ante todo, garantizar su propia sobrevivencia. Para ello, están obligados a tratar directamente con las autoridades políticas para inducir el cambio, o deben oponerse abiertamente aliándose con centros de poder influyentes en el extranjero. Pero estas organizaciones no buscan adquirir más poder social construyéndose, por ejemplo, una legitimidad popular. Sus miembros se movilizan, sobre todo y ante todo, para defender una identidad propia y diferente (André Gunder Frank, 148). Como causa: el hecho que estas organizaciones han sido fundadas, en su mayor parte, por personalidades provenientes de diversos grupos políticos. En consecuencia, el Estado ha podido, por el momento, aliarse a estas fuerzas políticas e instrumentalizar sus estructuras para la acción social. Uno de los principales desafíos a los que se enfrentan los movimientos sociales es el de romper este marco patriarcal y conquistar progresivamente su autonomía, obrando, por ejemplo, por una democracia civil que pueda transformar las relaciones entre el Gobierno, los socios extranjeros y las restantes fuerzas políticas. Esta es la primera etapa que deberá sobrepasar el movimiento obrero, a través, por ejemplo, de la búsqueda de un modelo pluralista que refuerce sus movilizaciones, limitando su carácter espontáneo, luchando contra su fragmentación y brindando la solidaridad dentro de él. Esta autonomía solo podrá ser lograda si existe un cierto grado de confianza en la capacidad de las masas para inducir el cambio en defensa de sus intereses.
3. Definir su identidad
Cuando llegue el momento en que las estructuras de acción social traten de definir su identidad, aparecerán muchas interrogantes, sobre todo con respecto a la manera en que perciben sus diferencias y su posición con respecto a las demás. Pero nuevamente, para responder esta pregunta se requiere un cierto grado de autonomía y de independencia. Solo a partir de ese momento es que será posible enfrentarse a otros desafíos, ya que las relaciones de poder son un obstáculo para la diferenciación de estos movimientos con respecto al Gobierno y a la militancia política.
En este sentido tenemos otra pregunta: ¿hasta qué punto estas estructuras de acción social buscarán asegurar la participación de su grupo en la defensa de sus propios intereses? En otras palabras, ¿un movimiento deberá definirse como obrero o campesino sobre la base de la identidad de sus afiliados o deberá definirse como un movimiento que reúne a un conjunto de componentes diversos que obran en la defensa de los intereses de los trabajadores o de los campesinos, sin que ellos estén directamente concernidos por estas preocupaciones? En tal contexto, recordemos la herencia de la mediación, en la cual los líderes de los movimientos negocian directamente con las autoridades políticas para obtener ventajas para uno u otro grupo popular. El desafío a vencer, en este caso, es el siguiente: lograr hacer corresponder la identidad de las organizaciones del movimiento con la de sus miembros, alentado a las masas para organizarse de manera autónoma. Este también podría ser el caso de la relación entre los profesionales y los voluntarios de estos movimientos. Los militantes profesionales son, para muchos, algo muy valioso para este tipo de organizaciones, pero este profesionalismo puede también impedirles volverse centros de resistencia activa, porque los militantes se convierten poco a poco en empleados.
El problema de la identidad nos lleva al de la oposición entre identidad nacional e identidad mundial. No vamos a establecer aquí este debate, pero subrayaremos al menos que considerar a las estructuras de acción local como partes de un movimiento social mundial no les quita, para nada, su representatividad como identidad nacional. Por el contrario, esta identidad nacional le permite a la organización local tratar de igual a igual al movimiento mundial, evitando importar modos de interacción exteriores.
4. Amplitud política de la acción social
Este debate no puede disociarse de la discusión relativa a las estrategias de cambio de los movimientos sociales. Diversos estudios sobre los movimientos sociales mundiales muestran claramente que ellos formulan sus posiciones y opiniones durante la propia acción y que las estrategias y tácticas transferidas desde el extranjero no tienen ningún valor (André Gunder Frank, 149). Las alternativas propuestas por los movimientos están estrechamente vinculadas con su voluntad de defender una identidad. En el Mundo árabe, el vacío ideológico consecuencia de la erosión y derrumbe de la empresa nacionalista y populista, y del socialismo después, no le ha permitido aún a los conflictos sociopolíticos actuales producir nuevas alternativas (Samir Amin, 1991). En consecuencia, los partidos políticos no ofrecen ninguna alternativa que pueda enriquecer la lucha de los movimientos sociales o ampliar sus horizontes. Por el contrario, los militantes políticos exigen que las estructuras de acción social asuman sus funciones, al igual que ellos asumieron las suyas. En este caso, se trata de otro desafío a enfrentar, tanto por parte de los hombres políticos como por parte de las estructuras de acción social.
Los políticos deben ofrecer una alternativa viable a la realidad y ante los problemas existentes y no pueden considerar simplemente que las estructuras de acción social sean una alternativa de la acción política. Sucede lo mismo con la relación entre las fuerzas políticas y las estructuras sindicales. Los políticos deben modificar sus relaciones con los movimientos obreros y deben permitirles a los trabajadores dirigir sus propios movimientos. Será en ese momento que las relaciones entre la izquierda – si conserva su credibilidad – y los movimientos lograrán evitar la reproducción de la estructura de clases y favorecerán el nacimiento de una verdadera conciencia dentro del movimiento. Las estructuras de acción social deben luchar por su independencia, con el fin de formular una visión de cambio coherente con su identidad, que los implique más en la acción social y que los coloque en la escena mundial para aumentar su impacto político. El Mundo árabe esta muy lejos, sin embargo, de haber logrado este objetivo.
3. Formas organizativas y naturaleza elitista de las estructuras de acción social
La herencia social del mundo árabe incluye movimientos espontáneos, esencialmente campesinos y, en menor medida obreros, caracterizados por su naturaleza reactiva, temporal y efervescente. La mayor parte de las formas de acción social se apoyan en una jerarquía estricta, que le brinda a las personalidades un rol central, que les permite sustituir, a veces, las reglas internas del movimiento. En este sentido, la mayor parte del tiempo, lo que prevalece es la autoridad del individuo. La relación entre el dirigente y la base está marcada fuertemente por la estructura patriarcal. A nivel horizontal, las rivalidades son numerosas, pero su solución dependerá, a fin de cuentas, de las relaciones verticales.
En este contexto, el reconocimiento del otro, elemento indispensable para la acción colectiva, es algo muy raro. Esta situación es una de las razones principales del fracaso de las tentativas de lograr una verdadera acción social pública. Esta sumisión ante la autoridad constituye un obstáculo de gran talla ante la modificación de las relaciones de fuerza en las bases. Algunos estiman que la participación dentro de los movimientos sociales de militantes experimentados en organizaciones públicas ha tenido un papel central en la transferencia de esta herencia autocrática a las estructuras de la acción social. Sería conveniente frenar esta tendencia y romper con las prácticas propias del sistema y de las relaciones socio políticas en el Mundo árabe. La persistencia de esta herencia no significa que las sociedades tengan características irreversibles. Esto significa, simplemente, que las sociedades árabes no han logrado separarse lo suficiente de las antiguas estructuras sociales, para lograr cimentar nuevas. En el Mundo árabe, ambas estructuras cohabitan, crecen, decrecen y traban cualquier progreso verdadero.
En este contexto, el deterioro de las condiciones socio económicas no incita, por si solo, a los grupos concernidos de la población para reaccionar y defender sus propios intereses. Muchos factores se combinan e interfieren, en particular un sistema sociopolítico basado en el patriarcado y la hegemonía, cuya estructura marginaliza a las masas y limita los márgenes democráticos. Estas relaciones patriarcales coercitivas aplastan toda creatividad y desarrollo, y actúan en todas las esferas de la sociedad, comenzando por las instituciones públicas e incluyendo a los partidos políticos y las estructuras para la acción social. La ausencia de voluntad o capacidad dentro de las élites para tener un verdadero rol político o social, sus relaciones clientelistas con la autoridad y su falta de confianza en la capacidad de las masas de intervenir activamente para inducir el cambio, son factores que frenan fuertemente las posibilidades de crear un movimiento popular independiente.
Cuando ciertos segmentos de la población – incluyendo a la élite intelectual – comprendan y deseen romper con este sistema, habrá llegado la hora de hacer progresar las relaciones democráticas, que son las únicas que podrán abrirle las vías a la acción colectiva, al diálogo y al reconocimiento de los demás. Será entonces posible virarle la espalda a esta herencia y liberar las energías militantes para enfrentar los múltiples desafíos evocados. Por el momento, el problema no es saber si esta acción social colectiva debe llamarse movimiento social o tener otro nombre. Lo importante es abrir nuevos horizontes, creadores de solidaridad entre los marginados por el orden mundial, tanto a nivel local como mundial.
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Autor: Azza Abd al-Mohsen Khalil


Los movimientos sociales en el mundo árabe