La estrategia mediática del movimiento alternativo
Víctor Sampedro, 30 July, 2004 - 20:21.
“Medios de comunicación, cultura y contra-hegemonía” fue uno de los cinco ejes que estructuraron los encuentros en el Segundo Foro Mundial de Porto Alegre. Esto indica la centralidad de la comunicación social para el movimiento; al menos para este sector: el de mayor visibilidad mediática e impacto institucional . El repaso de las iniciativas desplegadas nos ofrece un mapa de retos estratégicos. Valorando los dispositivos comunicativos del movimiento, en su potencialidad y limitaciones, plantearemos la cuestión de fondo, que apunta a una redistribución del poder simbólico y comunicativo en tiempos de la globalización. ¿Cómo construir una red de comunicación plural y trasnescalar que refleje y potencie nuestras luchas y resistencias?

Las mil propuestas desplegadas en Porto Alegre 2003 sobre la comunicación se articularon cinco núcleos: (1) El I Foro Mundial del Audiovisual, sobre los principios para hacer frente a la globalización capitalista de la información y la industria cultural; (2) la Campaña CRIS ante la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, convocada por la ONU; (3) la constitución del Media Watch Global, un observatorio de análisis y denuncia de los medios de comunicación corporativos; (4) el fortalecimiento de las redes de medios alternativos y (5) las nuevas tecnologías (ordenadores e internet) que potencian redes de información y coordinación sobre y desde el movimiento, con alcance global y horizontalidad máxima. Con todo ello, el movimiento demuestra consciencia de los retos a los que se enfrenta y energía para acometerlos. Al revisarlos, constatamos también algunos riesgos.

1.- El I Fórum Mundial del Audiovisual agrupó todas las entidades, sectores profesionales e industriales del audiovisual, a los educadores y artistas reunidos en Porto Alegre. Propusieron una acción internacional coordinada, para que las sociedades civiles y los gobiernos avanzasen hacia una “verdadera democracia audiovisual mundial”. Más allá de los principios, las ponencias presentadas sobre esta meta tan abstracta pueden concretarse en los siguientes objetivos: (a) incentivar a través de los medios una democracia deliberativa y participativa: de “alta intensidad”; (b) crear sistemas alternativos de producción y distribución; (c) fomentar la multiculturalidad, haciendo compatibles la igualdad y la diferencia; (d) avanzar en el conocimiento colectivo y la contra-hegemonía y, por ende; (e) ayudar a constituir una ciudadanía global, entendida como actor activo en las instituciones transnacionales y en los niveles inferiores.

En el Foro resurgió la retórica un tanto trasnochada del “imperialismo cultural”. Sin embargo, los objetivos a los que hacíamos referencia antes responden a nuevos problemas. Algunos de ellos son la crisis de las democracias representativas y del periodismo convencional, amordazado ahora en el mundo “desarrollado” por leyes restrictivas de los derechos de información (la Patriot Act, por ejemplo). El dominio oligopólico de la comunicación corporativa, extensivo a más polos de producción que el estadounidense. La paradójica extensión de una cultura de masas global y homogénea, coincidente con la emergencia simultanea de infinidad de iniciativas de comunicación alternativa. O el despunte de una “opinión pública global”, sin apenas resortes institucionales en los que hacerse oír de forma efectiva.

La fabulosa campaña de desinformación desplegada en la Guerra Global Permanente, desatada tras el 11-S, es un buen ejemplo de todo ello: Saltaron por los aires las instituciones de gobernanza transnacional, así como la credibilidad de los medios corporativos, transformados en impresionantes maquinarias de propaganda bélica. Sin embargo, salieron a la calle millones de antibelicistas de todo el mundo. Pero no pudieron impedir la guerra, ni tampoco sancionar electoralmente a los líderes nacionales que la condujeron. Quizás nunca la hegemonía bélica y xenófoba (contra el árabe) haya alcanzado tales cotas en la esfera pública que forman los medios convencionales. Quizás tampoco nunca sus fisuras fueron tan constatables, dada la emergencia de una esfera pública alternativa, generada en torno a internet. Pero también el “libre mercado” fomentó la glocalización de nuevos medios hostiles a la hegemonía estadounidense, hasta ahora impensables; por ejemplo, las cadenas de televisión por satélite Al Jazeera y Abu Dahbi. A pesar de ello, la Guerra Global sigue su curso. Parece que las metas comunicativas del movimiento necesitan mayor respaldo en instituciones blindadas de la presión corporativa y de la instrumentación gubernamental de los sistemas públicos de radiodifusión. En esa dirección camina la iniciativa CRIS.

2.- La campaña CRIS (Communication Rights for the Information Society) también tuvo presencia en Porto Alegre. Aglutina las iniciativas en las políticas de desarrollo comunicativo del movimiento social mundial, convocado ante la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información (Ginebra del 10 al 12 de diciembre de 2003 y Túnez en primavera de 2005). Sus objetivos son elaborar dos documentos marcos: Declaración de grandes principios éticos y reglas de conducta y un Plan de Acción, con prioridades operativas y medidas concretas para acceder de forma equitativa a las oportunidades brindadas por la sociedad de la información.

La ONU ha llamado al diálogo intersectorial entre Estados, empresas privadas y sociedad civil. Señala como grupos prioritarios a las entidades del Sur y ONGs, particularmente en los Países menos Desarrollados. La convocatoria abarca a los sectores de la academia y la educación, a la comunidad científica y tecnológica; las empresas, los creadores y promotores culturales; las autoridades municipales y locales, los sindicatos y las fuerzas parlamentarias. Debieran jugar un papel prioritario las ONGs y grupos sociales tradicionalmente marginados por los medios y/o el acceso a la tecnología (juventud, mujer, indígenas, discapacitados...).

La oportunidad sería excelente, para, como ha ocurrido en otras cumbres mundiales, participar en ella y, al mismo tiempo, realizar una contracumbre; al estilo de la organizada bajo el título de “Tidal Wave Cancun” y coincidente con la última reunión de la OMC en 2003. Participar en la cumbre oficial y organizar cumbres paralelas, contracumbres o foros propios resulta imprescindible, a pesar de la multiplicación de esfuerzos que supone. La comunicación es entendida desde el movimiento de movimientos como un bien público global, un derecho de posesión y disfrute colectivo, en términos igualitarios. En cambio, el mercado de la información y del voto (las empresas privadas de comunicación y los sistemas estatales de radiotelevisión) promueven la privatización, comercialización y homogeneización del espacio público. Esta disparidad de puntos de partida obliga a construir foros alternativos a las cumbres institucionales. ¿Merece la pena participar en estas últimas?

Los pesimistas alegan que una carta de los derechos de los pueblos a la comunicación no se puede forzar legalmente y que, por tanto, no va afectar a las estructuras y las desigualdades de la sociedad de la información. En todo caso, añaden, será un elemento retórico encubridor de las prácticas que ya conocemos. De hecho, los medios corporativos venden la información mercantilizada como servicio público y la “interactividad” de los medios como “teledemocracia”; a pesar de que la audiencia nunca desempeña otros roles que los de consumidor y espectador. La racionalidad instrumental de la comunicación como puro negocio, suele transformarse en manos de los estados en el uso electoralista de los sistemas de radiotelevisión pública. Cuando son privatizados, acaban (como casi toda privatización neoliberal) en manos de las corporaciones mediáticas afines a los gobiernos.

Tampoco llaman al entusiasmo los recientes vetos impuestos por la ONU a Reporteros sin Fronteras, a instancias de ciertos gobiernos del Sur (Cuba y Libia), para acudir a la Cumbre de la Sociedad de la Información. No siempre las amenazas provienen del Norte, como prueban los votos conjuntos de los gobiernos “liberticidas” de Argelia, China, Pakistán, Rusia, Siria, Sudán, Zimbawe, Vietnam, Marruecos... que imponen fuertes restricciones a la libertad de prensa y al acceso a internet . Resulta también un sarcasmo que la Cumbre tenga lugar en Túnez, un país con varios periodistas encarcelados, y que su organización corra a cargo de Abib Ammar, un general imputado como torturador por la propia ONU.

Los optimistas serenos, aún reconociendo las contradicciones anteriores, se aglutinan en la campaña CRIS, entendiendo que ofrece una oportunidad para brindar argumentos formales a quienes quieren democratizar la sociedad de la información. Para ello el desarrollo humano debiera primar sobre el tecnológico o, mejor aún, entender el segundo en función del primero. La ausencia del tejido social en la cumbre supondría campo libre para quienes apuestan por el desarrollo corporativo y privatizador de internet, mientras imponen la censura y la represión en sus usos sociopolíticos. Por ello, la (contra)cumbre de la Sociedad de la Información volvería a plasmar una doble estrategia imprescindible para el movimiento: interactuar con las instituciones transnacionales más abiertas, utilizándolas como plataformas legitimadoras, pero sin dejarse cooptar por ellas.

La Carta de derechos de la sociedad de la información tendría trascendencia si fuese el resultado de un verdadero proceso comunicativo. Es decir, si cuestionase las instituciones desde las que se plantea. Empezando por la ONU (sobrepasada, pero fortalecida por la fallida ocupación de Afganistán e Irak), que podría desempeñar ahora el papel que jugó la UNESCO con el informe MacBride, texto de referencia del anti-imperialismo cultural en el último tercio del s. XX. Los estados serían llamados a recomponer las esferas públicas nacionales que han caído en declive, haciéndolas más plurales y abiertas a la sociedad civil, que ahora cuenta con recursos comunicativos propios. Las empresas privadas de comunicación se enfrentarían a nuevas legislaciones antimonopolio y de preservación de los espacios comunicativos ligados, ya no sólo a los estados nación, sino a las regiones, municipios y comunidades.

Las estrategias comunicativas (como las del movimiento global en cualquier otro eje) seguirán sintiendo el peso de los intereses nacionales y locales. Las naciones sin estado y las comunidades sin derechos siguen ocupando el imaginario predominante de las poblaciones que demandan emancipación. También son los lugares prioritarios de lucha institucional, donde las organizaciones sociales, partidos y sindicatos que se reúnen en el movimiento tienen roles asignados y pueden hacer sentir su voz. La (contra)cumbre de la Sociedad de la Información debiera potenciar a esos actores con afán transformador, beneficiándose de la coordinación de esfuerzos a escala global. Los observatorios independientes de los medios y las nuevas redes que aglutinan las experiencias comunicativas del movimiento trabajan en este sentido.

3.- El Media Watch Global fue presentado en Porto Alegre por Le Monde Diplomatique y publicitada por el diario en su número de octubre de 2003. La idea de la vigilancia de los medios surge en Estados Unidos de América, refundando las figuras de los Ombudsmen (defensores del lector) y de la crítica académica. Dos grandes organizaciones fueron pioneras. FAIR (Fairness and Accuracy in Reporting) se fundó en 1986 con la era Reagan y cuenta con el bimestral Extra!. La contrapartida conservadora es Accuracy in Media (más inclinada a señalar desviaciones liberales y críticas). En Francia se funda en 1995 el Observatoire de la Presse, más centrada en la formación de profesionales. Los Obsevatórios da Imprensa de Portugal y Brasil unen la crítica profesional y la dimensión cívica. Casi todos ellos están ligados a centros universitarios de formación de periodistas.

El Media Watch Global pretende supervisar los tres campos clásicos de la comunicación masiva: información (periodismo), cultura de masas y publicidad. Entiende la comercialización privada y la expansión de los oligopolios multimedia han roto las fronteras antes existentes entre esos ámbitos. Intenta devolver poder a las partes más débiles: dar voz al ciudadano sobre el consumidor y al periodista independiente sobre el asalariado precario y maniatado. A ambos les quiere brindar una plataforma crítica frente al “superpoder de los medios corporativos”: “un poder sin contrapoder”. Su pretensión es reunir a los profesionales y estudiosos de los medios, y a los públicos más activos. Intenta, en suma, establecer los criterios de una “ecología de la información”, a partir de la cual exigir una etiqueta de “información bio”, basada en el rigor y la responsabilidad social.

Su fuerza se autodefine como “ante todo, moral: reprende basándose en la ética y sanciona las faltas de honestidad mediática a través de informes y estudios que elabora, publica y difunde”. Su objetivo inmediato es hacerse oír en la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información. Las objeciones de esta loable iniciativa se resumen en el riesgo de incurrir en cierto intelectualismo; entendido en un doble sentido. En primer lugar, destaca a profesionales e investigadores sobre las asociaciones de usuarios de los medios (siempre citados en último lugar, a la par que “personalidades reconocidas por su estatura moral”). En segundo lugar, entiende que la crítica “moral” resulta en sí misma transformadora.

Es decir, el Observatorio Internacional de Medios de Comunicación corre, por una parte, el riesgo de constituir un círculo de elites con un discurso crítico autorreferencial: centrado en medios de comunicación y contenidos “de prestigio”, primando además las voces del movimiento global que ya cuentan con visibilidad mediática. Sin embargo, los “consumidores”, gracias a la popularización de las nuevas tecnologías, están en disposición de sobrepasar los límites de sus asociaciones tradicionales. Más allá de criticar y censurar determinados medios o contenidos, pueden comenzar (ya han comenzado) a producirlos. Por otra parte, el Observatorio podría confundir, como ya ocurrió entre la mayoría de intelectuales críticos surgidos de la década de 1960, la “crítica moral” con la práctica política. La crítica resulta imprescindible, sobre todo como tarea permanente, abierta y dirigida también hacia los medios del movimiento, que (¿por qué no?) también muestran sesgos elitistas. Lo que en verdad necesitan las audiencias son plataformas para hacerse audibles y visibles por sí mismas. Sólo así adquirirán el estatus de público activo propio de una ciudadanía global. Por ahí caminan las dos siguientes vías de intervención mediática.

4.- El movimiento global de resistencias ha empezado a tejer redes de medios alternativos, que utilizan las tecnologías clásicas de la imprenta y el audiovisual, potenciadas ahora por el ordenador personal y la digitalización. Destacan proyectos como ALAI (Agencia Latinoamericana de Información) que pretende democratizar la comunicación desde abajo. Dispone de una comunidad web de movimientos sociales (http://www.movimientos.org), que pretende una presencia contundente y estratégica de los movimientos sociales en internet. Entre sus publicaciones figura “América latina en movimiento”, con versión digital e impresa. Otra red importante, que recoge una sólida experiencia de radiofonía local, popular y comunitaria es ALER. Muy vinculada a la pedagogía de Paulo Freire, contribuye a “la construcción de sociedades democráticas y participativas donde los pobres sean protagonistas de su propio desarrollo”. Estas experiencias, herederas de la línea de la Comunicación para el Desarrollo, también están presentes en África y Asia. Han sido motores de la implantación de los movimientos sociales del Sur. Sin ellos sería impensable el surgimiento de las organizaciones políticas indigenistas, el Movimento dos Sem Terra o Vía Campesina.

Estas redes han logrado permear las instituciones transnacionales. Por ejemplo, la UNESCO desarrolla un programa de “Centros Comunitarios Multimedios”, que combinan medios locales (sobre todo, radios en lenguas indígenas). Las nuevas tecnologías aumentan la interacción y participación de las comunidades en múltiples escalas. Los telecentros comunitarios han sido proyectados para comunicar e intercambiar información en el ámbito local y global. Algunos están vinculados a radios comunitarias (de bajo costo y fuerte implantación local), para que con las bibliotecas y los centros de documentación se creen bancos de datos y archivos audiovisuales. El ejemplo del EZLN ha sido trascendental para que estas experiencias se planteen superar el riesgo etnicista (el enfoque folclórico o de reserva antropológica), ligando las comunidades indígenas a las redes de solidaridad global, a campañas transnacionales y a su creciente protagonismo político en el nivel estatal.

En el Norte, por paradójico que resulte, los medios alternativos clásicos, propios del movimiento contra la globalización capitalista, arrojan resultados menos sólidos. En ello influyen varios factores. La mercantilización del espacio público por la empresa corporativa apenas deja lugar a iniciativas del tejido social. La fragmentación e individualización de las tecnologías (parejas a las de los estilos de vida) ha destruido gran parte de las redes sociales que alimentaban una industria cultural y unos medios alternativos; por ejemplo, los del obrerismo o la contracultura. Tras la práctica desaparición de la prensa de partido o sindical, tras la comercialización del underground, subsisten ciertos medios que provienen de la izquierda extraparlamentaria de finales del siglo XX. Pero no pueden competir con los medios convencionales en alcance, ni compararse con las redes de medios del Sur en cuanto a implantación social.

Resulta reseñable constatar que allí donde la sociedad civil muestra mayor vigor los medios tradicionales de la izquierda han logrado lanzar iniciativas compartidas. Destaca, a modo de ejemplo, la cooperación establecida en Italia por los diarios L’Unitá, Il Manifesto y Liberazione. Esta tríada logró difundir en los quioscos, tras la contracumbre del G-8 en Génova (junio de 2001), un vídeo, un libro blanco y un CD-Rom. Doblaron en difusión al semanal L’Expresso. También en Italia ha surgido desde ámbitos del pensamiento de la autonomía Global Magazine (primavera de 2003). Se trata de una revista ligada a la experiencia de los centros sociales autogestionados y liderada por Toni Negri. Representarían a la “nueva” generación (hace décadas que teorizan) de intelectuales del movimiento, frente al modelo más clásico de Le Monde Diplomatique.

Sin embargo, cabe preguntarse por la representatividad de estos últimos medios. ¿Además de representar vanguardias críticas, están abiertos a la pluralidad del movimiento? Los más críticos afirmarían que, ante todo, son vehículos de / para las elites globalizadas, semejantes en esto a The Financial Times (aunque ciertamente en las antípodas ideológicas). Proyectan reflexiones e iniciativas elaboradas por un reducido núcleo de intelectuales activistas, que experimentan más las oportunidades de la globalización que sus costes. Los riesgos intelectualistas que señalábamos respecto al Global Media Watch podrían reiterarse aquí. Todas estas experiencias cuentan con ramificaciones audiovisuales o radiofónicas, aunque la colonización de las frecuencias por los medios corporativos apenas les permiten visibilidad y, por tanto, tampoco recabar una audiencia significativa. Cabe apuntar, sin embargo, la potencialidad de algunas redes de radios libres, que en ciertos países del Norte reproducen el papel movilizador de las redes comunitarias del Sur.

5.- Las iniciativas telemáticas, basadas en las nuevas tecnologías del ordenador personal conectado a internet, se han convertido en la marca de identidad comunicativa del movimiento. Como éste, trascienden en gran medida las barreras espacio-temporales. Sus aplicaciones son (a) las webs específicas para contracumbres o campañas transnacionales, (b) las webs de contrainformación clásica, (c) el ciberactivismo y (d) las web-log en las que el usuario es al mismo tiempo fuente, periodista y comentarista. Entre estas últimas destaca la red Indymedia. Repasando cada una de ellas, acabamos acometiendo la cuestión de los límites de la estrategia comunicativa.

a.- Las webs de las contracumbres son instrumentos de convocatoria e información; sobre todo de tres tipos: temática, logística u organizativa y de asistencia legal. Desde las primeras contracumbres, en los foros sociales se ha evolucionado hacia un modelo que pretende contagiar a los medios tradicionales (impresos y audiovisuales), ya sean alternativos o corporativos. Así lo refleja A Ciranda Internacional da Informaçao Independente, creada en la web de Porto Alegre 2003. Reunió a cientos de periodistas y decenas de medios que ponen en común sus informaciones. En seis idiomas ofrecieron cobertura cualificada del Foro Social, logrando más de 60.000 entradas diarias durante su celebración.

Aplican los principios del copy-left: cada publicación tiene derecho a reproducir sin necesidad de pago los artículos de las demás. . Para pertenecer basta acreditarse para la cobertura del Foro y como participante de la Ciranda, pudiendo actuar como lector, periodista y difusor. Al mismo tiempo se accede al software libre necesario para publicar mensajes, participar en los chats, etc. Estos rasgos ponen en práctica la idea de la comunicación como bien público colectivo, blindándola frente a todo intento de privatización comercial o tecnológica. Sus ventajas resultan obvias: Abaratamiento de costes, enorme alcance difusor, ausencia de controles editoriales, horizontalidad y bidireccionalidad comunicativas.

Pero también arrojan limitaciones. El acceso a las nuevas tecnologías muestra barreras insalvables para grandes sectores de la población, marginados por clase social, nivel educativo, género, edad, régimen político y desarrollo tecnológico del país o la comunidad de origen. Esto sería subsanable con políticas sociales de implantación y alfabetización tecnológicas. El copy-left y el sofware libre avanzan en ese objetivo, pero han alcanzado implantación significativa cuando han contado con el apoyo de las administraciones locales. Por otra parte, las webs de los Foros Sociales y de campañas parecen tener una vida muy corta. Se centran en el evento y funcionan, ante todo como instrumentos de coordinación puntual. En todo caso, esto nos remitiría no a una limitación del medio, sino al cuestionamiento de la existencia de un verdadero movimiento, que en realidad funciona a golpe de campañas y contracumbres. Podría responder a las limitaciones reales de “las fuerzas antiglobalización”, a su estado actual de desarrollo o a su perfil más específico; en todo caso, el tiempo tiene la respuesta. Por último, las webs podrían criticarse por su alto contenido publicitario y promocional. Si cabe, sobredimensionan (al igual que la e-economy) a los actores y organizaciones que en ellas logran cabida. Pero el reino de lo virtual no es el reino de la realidad. Y esta es una objeción aplicable a las aplicaciones telemáticas que comentamos a continuación.

b.- Las webs de contrainformación son el dispositivo con el que se hacen visibles la inmensa mayoría de las organizaciones del movimiento. La economía de recursos y la simplificación técnica han impulsado su generalización. Se trata de uno de los primeros recursos adoptados por cualquier grupo, transformándose a veces (y, por desgracia, sólo en eso) en su “acta fundacional”. Resulta muy frecuente visitar páginas que apenas han sido actualizadas desde su inauguración. Los enlaces con las webs de otras organizaciones tejen la red de movimientos, pero existe cierto riesgo de compartimentación ya que la coordinación por listas de correo y distribución son sectoriales. De ahí (se supone) surgirían agendas e identidades antagonistas comunes. Por ello, existen webs como portales glocalizados, que funcionan como agencias de información e interrelación entre organizaciones del movimiento agrupadas por territorio, eje de actividad, tendencia...

c.- Internet no es sólo un escaparate, sino también un ámbito de activismo. La cultura hacker, como sustrato, conforma una red de expertos que impulsan el acceso, el desarrollo libre y colectivo a las nuevas tecnologías. Las ciberacciones pueden enumerarse desde las más “suaves” hasta las más “duras”. Muchas webs permiten recoger donativos e incorporar suscripciones de nuevos miembros. Es posible el envío masivo de solicitudes o peticiones con un formulario. La cibermanifestación reproduce virtualmente una acción colectiva o una manifestación. El ciberbombardeo (mailbombing) consiste en remitir tantos mensajes que saturan o colapsan un servidor donde se aloja determinada página. El cracking permite acceder a información o espacios reservados de un servidor para inutilizarlo o sabotearlo. La lista se multiplica si se consideran las infinitas variaciones de estas iniciativas. Sin duda alguna logran convocar a más participantes que las acciones directas, que requieren presencia física. Pero esta ventaja reporta también desventajas: el nivel de implicación disminuye exponencialmente.

El ciberactivismo es un síntoma de reapropiación tecnológica por la base, de un medio de comunicación que debe a las comunidades virtuales su implantación popular. Sin embargo, cabe introducir algunos matices. Puede convertirse en mera virtualidad autorreferencial: sin efectos reales, más allá de internet. Incluso podría argumentarse que sus efectos son nimios, comparados con el uso que el estado y el mercado realizan de este medio. Los términos vinculados al movimiento global suponen un porcentaje mínimo en las búsquedas de los principales servidores, donde prima un uso instrumental e individual. Los flujos de comunicación alternativa resultan insignificantes, comparados con los relacionados con el capital financiero y las transacciones comerciales. No es óbice, sin embargo, para reconocer el enorme potencial táctico de las nuevas tecnologías, que no garantizan la visibilidad mediática e institucional, pero sí la coordinación necesaria para lograrla.

c.- Las web-log son páginas a las que ya hemos hecho referencia (p.e. A Ciranda de Porto Alegre). Sin embargo, merecen capítulo aparte los Indymedia. Nacidos al calor de los acontecimientos de Seattle en 1999 (entonces lograron 1.5 millones de visitas), alcanzan su apogeo de expansión en la contracumbre de Génova (5 millones de visitas). Se autodefinen como “un colectivo de organizaciones de medios de comunicación independientes y cientos de periodistas que ofrecen una cobertura de base y no comercial”. Su objetivo es “la creación radical de narraciones verídicas y apasionadas”. La red suma más de cincuenta centros locales de comunicación independientes (la mayoría en Europa y América) y desempeñan funciones internas y externas vitales para el movimiento. Se han convertido en el dispositivo informativo clave de las contracumbres y campañas, tanto para los simpatizantes como para los medios convencionales.

El principio de “publicación abierta” (instantánea y no censurada) define a los Indymedia, impulsados por el lema “No odies a los medios, conviértete en ellos”. Aseguran que no existe comité editorial en sentido estricto, aunque funcionan colectivos con esta función, completamente abiertos o cerrados con una línea editorial. Las noticias son destacadas por las puntuaciones recibidas por los usuarios. Y los mensajes retirados se deben a la duplicación, sus fines comerciales o a “que no encajan con la línea editorial”. Sin embargo, permanecen accesibles en el área de “artículos ocultos”. Es decir, la ausencia de mediación no es absoluta, pero la transparencia de los criterios de selección y sus efectos, sí. La clave del filtro reside en que el debate previo en foros, chats y listas de correo neutralice el posible ruido o mensajes disonantes y contradictorios. Y no existe, por tanto, un modelo monolítico de indymedia.

El propio crecimiento de los Indymedia les ha obligado a superar las meras funciones de coordinación y difusión de eventos. La crisis de las contracumbres, como estrategia básica, les impulsa aún más a autodefinirse. Se constata un cierto repliegue a los contenidos locales, excepto cuando los ciclos de movilización en este nivel y en el estatal coinciden con campañas globales. La voluntad de continuidad y permanencia les ha llevado a la pretensión de establecer un “consejo vocero mundial”. Pero esto supondría el paso de la deliberación directa a la delegación. Los intentos de establecer una línea editorial, necesaria para mantener una coherencia y eliminar ruidos, también plantean problemas. En el fondo se trata de los retos del movimiento global. Éste se define más por aquello a lo que se opone que por lo que defiende. Se moviliza más por oposición a unos enemigos comunes que por solidaridades e intereses generalizados. La necesidad de superar este estadio es una cuestión discutible. Pero el objetivo de una comunicación transescalar, diversa y unitaria, es el mismo que afronta en el movimiento en términos estratégicos y de contenido.

(Propuestas de) conclusiones

Internet ha sido presentado, con excesiva frivolidad, como la esfera pública del movimiento. Esta afirmación no encaja con la demanda de responsabilidad y de obligaciones (personales y colectivas) que exige una comunicación transformadora de lo social. En cualquier caso el movimiento habita una esfera pública situada en los márgenes de la esfera pública hegemónica. Impacta en esta última, cuando el movimiento ha percutido en las instituciones del poder y del mercado. Ha sido entonces cuando los mensajes alternativos se han introducido en los medios corporativos, en los parlamentos y en las organizaciones transnacionales. Es decir, la comunicación alternativa tiene el valor transformador del tejido social que le mantiene y que logra alterar los desequilibrios de poder existentes. Y esto se logra fuera (más allá) del discurso que proyectamos en los medios del movimiento: en las interacciones y luchas más cercanas, en la impugnación cotidiana de las prácticas de dominio y opresión.

Internet articula la acción colectiva y los ciclos de protesta que han logrado hacer visibles al movimiento en las instituciones y en los medios. Es ahí donde se constituye la imagen y la agenda pública del movimiento, distintas a las que se tejen en la Red. Que la producción simbólica del movimiento haya alcanzado tal fuerza y visibilidad es una respuesta al proceso paralelo de mediatización de los centros económicos y políticos a los que se opone. La parafernalia mediática y cibernética del “capitalismo popular” y las Love Parades son simultáneas en el tiempo al ciberactivismo y a las contracumbres. En ambos planos surgen problemas de banalización, representatividad y manipulación. Plantearlos en la esfera pública hegemónica e ignorarlas en “la nuestra” es síntoma, como mínimo, de autocomplacencia. Porque casi todos los estudios señalan que las nuevas tecnologías tienden a reflejar y no a superar las desigualdades. Otra conclusión generalizada afirma que las comunidades y las identidades alternativas necesitan más las relaciones personales que las extensiones tecnológicas.

La democracia radical se basa en una comunicación democrática, que es condición necesaria, pero no suficiente. El triunfo mediático (el acceso y la cobertura favorables en los medios convencionales) no son garantía de éxito político. La pronta saturación, fruto de la mercantilización trivial del movimiento y de la cobertura rutinaria de fuentes oficiales, conlleva la indiferencia y el silencio a corto plazo. Nuestras ventanas de oportunidad mediática son muy estrechas. Además, los centros de poder han aprendido a ajustar la adopción de medidas políticas y represivas para garantizar un flujo informativo favorable en la esfera pública hegemónica. Un buen ejemplo lo constituye la entrada de la Marcha Zapatista en el Zócalo de México DF. El fabuloso despliegue simbólico no garantizó el reconocimiento político y jurídico de los derechos indígenas. Y el EZLN regresó a las comunidades, a tejer desde lo social la nueva estrategia.

En el plano práctico y simbólico no sobra ninguno de los actores ni de los dispositivos que hemos revisado. Cada uno actúa en niveles y cometidos complementarios. Foros y observatorios, medios convencionales y telemáticos debieran enredarse, alimentarse entre ellos; para construir, de una vez, plataformas conjuntas. El movimiento debiera asumir que las estrategias para permear los medios corporativos son complementarias con la potenciación de los medios alternativos. Se trata de entrar en la comunicación masiva para lograr visibilidad y capacidad de interacción con el público y las instituciones. No para convertirse en un producto mediático más. Se trata de generar contrainformación para mantener debates transversales y avanzar en la coordinación. No para imponer marcas identitarias, como compartimentos estancos. El verdadero reto reside en entrar y salir de la comunicación convencional y la alternativa. Sin estancarse. Porque las “zonas rojas” que hay que asediar están fuera.

Author: Víctor Sampedro

 
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