La propuesta de establecer el Área de Libre Comercio para las Américas se ha convertido, en nuestros días, en un asunto crucial para el futuro de América Latina y el Caribe. Los ideólogos y publicistas del neoliberalismo se han desvivido por presentar este proyecto como una gran iniciativa de carácter meramente comercial, que potenciaría las perspectivas de desarrollo económico de los países de la región y aseguraría –gracias a la liberalización de los flujos comerciales, el desmantelamiento de las interferencias estatales y la caída de las barreras proteccionistas– el advenimiento de una era de prosperidad sin precedentes en nuestra historia. Bajo esta perspectiva, el ALCA no sería otra cosa que la reafirmación en el plano hemisférico de la definitiva reconciliación de nuestros países con las nuevas realidades de la economía “globalizada” y un demorado sinceramiento de nuestras economías con el venturoso primado, considerado ya irreversible, de los mercados mundiales.
Este es el “relato oficial” del ALCA que, por supuesto, poco tiene que ver con la realidad. Lo que ésta nos enseña, en cambio, es que el ALCA es la culminación de un secular proyecto de dominación imperial cuyas raíces se hunden en la historia inter-americana. La expresión más clara al respecto, pero no por cierto la única, fue planteada tan tempranamente como en 1823 por quien fuera entre 1817 y 1825 el quinto Presidente de los Estados Unidos, James Monroe. Fiel a su vocación imperialista, durante su mandato Monroe concretó la adquisición de la Florida y, pocos años más tarde, formuló la doctrina que lleva su nombre y que se sintetiza en su bien conocido aforismo: “América para los americanos”. El pretexto para tal pretensión era alejar a las potencias europeas de toda intromisión en los asuntos del hemisferio. Los móviles verdaderos eran, en cambio, asegurar el predominio absoluto en la región para ese fragmento del mundo anglosajón en tierras americanas, poniendo a los decrépitos imperios coloniales de España y Portugal en retirada y aconsejando a británicos y franceses de abstenerse de inmiscuirse en un área que, para los norteamericanos, constituía su esfera natural de predominio. Es imposible olvidar que esta doctrina vio la luz un año antes de la batalla de Ayacucho (1824), que signara el definitivo ocaso del colonialismo español en esta parte del mundo, con las conocidas excepciones de Cuba y Puerto Rico. Es decir, que no habían aún concluido las grandes batallas de la independencia americana cuando los Estados Unidos ya habían elaborado una política para sus vecinos del sur, y los principios rectores de esa política jamás dejaron de tener vigencia desde ese entonces. Los nombres que ocasionalmente se le dieron a estos principios fueron variando con el tiempo, pero su significado profundo permaneció inalterado: bajo la invocación del “Destino Manifiesto” los Estados Unidos arrebataron la mayor parte del territorio mexicano y se apoderaron del Istmo centroamericano con el canal de Panamá; con la política del Nuevo Trato se invadió Nicaragua y acabó con Augusto César Sandino; con la de Buena Vecindad se firmó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y se liquidó la experiencia democrática de Guatemala en 1954; y con la Alianza para el Progreso se invadió a Cuba en Playa Girón, se orquestaron los golpes de estado en Argentina, Bolivia y Brasil a comienzos de los años sesenta y se invadió la República Dominicana en 1965. Richard Nixon no tuvo nombre para su política latinoamericana, pero ésta fue de una consistencia envidiable: preparó los golpes militares de comienzos de los años setentas en Uruguay, Chile y la Argentina y saboteó sin miramientos cualquier proyecto democratizador al Sur del Río Bravo. Poco después, Ronald Reagan haría de la “lucha contra el comunismo” una enfermiza obsesión que lo llevaría a invadir la Grenada de Maurice Bishop y a organizar, financiar, adiestrar y armar a los “contras” nicaragüenses para frustrar la experiencia sandinista en el poder. Las constantes de la política exterior norteamericana hacia América Latina no tienen parangón con ninguna otra parte del planeta.
No sorprende entonces comprobar que desde los albores mismos de la independencia latinoamericana se escucharan voces de alerta motivadas por las vigorosas tendencias expansionistas e imperialistas que, ya desde sus primeros pasos, exhibían las trece colonias inglesas. Fue Simón Bolívar quien planteara, con singular agudeza, los contornos de esa amenaza al afirmar, en una sentencia que precisa ser recordada, que “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar a la América española de miserias en nombre de la libertad”. A finales del convulsionado siglo XIX habría de ser José Martí quien expusiera con inigualada claridad los peligros que se cernían sobre nuestros países. La excepcional penetración de la mirada martiana, su experiencia de “haber vivido en las entrañas del monstruo” y su inclaudicable lucha por la libertad de Cuba y las naciones hermanas de América Latina y el Caribe le permitieron captar con singular precisión los alcances de la amenaza norteamericana.
En efecto, a lo largo de muchas páginas de su extensa producción Martí se refirió in extenso a este tema. No es éste el lugar para realizar una exégesis de sus argumentos, pero conviene de todos modos subrayar algunos de sus lineamientos principales. Decía nuestro autor que “en política lo real es lo que no se ve” (Martí, 2001: 49). Y lo que no se ve, gracias a la maraña creada por la industria cultural y los medios de comunicación de masas dominados por el imperialismo; o no se quiere ver, son los intereses estratégicos de los Estados Unidos en la promoción del ALCA. Se trata, entonces, de ver, y Martí nos ofrece unas guías para poder ver. Por ejemplo, nos advierte que
“… ningún pueblo hace nada contra su interés. [...] Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. [...] Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, [...] podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que siente en su corazón la angustia de la patria [...] ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter del pueblo que convida y el del convidado [...] y si es probable que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen en la unión que pretende, con peligro del invitado. [...] Y el que resuelva sin investigar, o desee la unión sin conocer, o la recomiende por mera frase y deslumbramiento, o la defienda por la poquedad del alma aldeana, hará mal a América” (Martí, 2001: 49-50).
De sus exhaustivas investigaciones extrae Martí dos conclusiones fundamentales, cuya actualidad difícilmente podría ser mayor.
Primero: los norteamericanos “creen en la necesidad, en el derecho bárbaro como único derecho: esto es nuestro, porque lo necesitamos”. Esta ha sido una constante en la política exterior estadounidense: apropiarse de los recursos que se necesitaban allí donde los hubiere. La historia del último siglo, desde la construcción del Canal de Panamá hasta la reciente invasión a Irak lo atestigua irrefutablemente. La denuncia martiana del “derecho bárbaro” anticipó lo que, pocos años después, proclamaría el inefable Theodore Roosevelt en 1904 al reivindicar para su país el “derecho a intervenir ante las fuerzas del mal y determinar cuáles son los pueblos que se portan bien”. La declaración de Roosevelt demuestra que Noam Chomsky está en lo cierto al afirmar, en una reciente entrevista, que lo que se considera como una “innovación doctrinaria” en materia de seguridad, la doctrina de la “guerra preventiva” de George Bush Jr., en realidad no es otra cosa que el restablecimiento brutal de ideas que siempre estuvieron presentes entre los gobernantes norteamericanos2. Sólo que, en su formulación actual, posterior a los atentados del 11 de Septiembre de 2001, dicha doctrina aparece con una desfachatez poco habitual en el lenguaje diplomático lo que le permite a Chomsky establecer un provocativo paralelo con análogas formulaciones hechas por Hitler en los años treinta y comienzos de los cuarenta. La doctrina Bush, en consecuencia, reformula y actualiza la concepción del primer Roosevelt y hace de la “guerra preventiva” en contra de un enemigo invisible, omnipresente y poderosísimo la justificación suficiente para el empleo de todos los recursos imaginables para aniquilar al supuesto adversario. La “guerra preventiva” se convierte así en “guerra infinita”. Todo límite moral ha quedado superado. El sistema internacional es una jungla sin leyes en donde prevalece el más fuerte (cf. Ceceña y Sader, 2002).
Segundo, Martí afirma con razón que
“… quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. El pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse a más de uno. [...] El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político. [...] Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro es separarlo de los demás pueblos. El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios” (Martí, 2001: 53-54).
La conclusión final no es menos actual que las anteriores observaciones. Las premonitorias advertencias de Bolívar y Martí demostraron ser exactas. En un proceso que no tuvo pausas, y que alternó episodios de sistemática penetración económica en nuestros países con otros signados por la violencia más desenfrenada, los Estados Unidos asentaron un predominio sin contrapesos en esta parte del mundo. Tal como lo dijera Martí, el influjo económico se tradujo inmediatamente en influjo político; la dependencia económica dio paso a la dependencia política. Al no ser libres en los negocios nuestros países tampoco pudieron ser libres en lo político. Perdieron soberanía económica y, con ella, la soberanía política. Y cuando, finalmente, luego de décadas de luchas accedieron a formas democráticas de gobierno éstas, sin la savia de la soberanía económica y política, se convirtieron, parafraseando a Nelson Mandela, en vistosos cascarones institucionales carentes de toda sustancia. O, como lo dijera Fernando H. Cardoso (1982) en uno de sus mejores escritos, allá por la década de los ochentas, a nuestros países se les hizo muy difícil “eliminar el olor de farsa de la política democrática”. La inexorable decadencia de regímenes democráticos castrados en los fundamentos de su soberanía hizo que, poco a poco, nuestros estados se convirtieran en verdaderas guarniciones imperiales preocupadas, ante todo y fundamentalmente, por preservar los derechos de los amos foráneos; y nuestras frágiles democracias, allí donde pudieron prosperar, en meros simulacros toda vez que los gobiernos elegidos por sufragio universal no escuchaban las voces de los pueblos sino el tiránico vozarrón de los mercados.
El ALCA no es sino la culminación de este proceso, la legalización e institucionalización de la dependencia y de la sumisión al imperialismo coaguladas en un tratado internacional. Si para nuestra desgracia este proyecto llegara a materializarse no sería otra cosa que la conclusión exitosa de un proyecto imperialista sostenido sin pausas a lo largo de dos siglos. Bertolt Brecht decía que la burguesía era una señora que no deseaba que se la llamase por su nombre; el ALCA es un caballero imperialista que tampoco quiere que se lo llame por su nombre.
Los imperativos estratégicos de la Casa Blanca en la fase actual y el papel del ALCA
Para comprender los alcances del ALCA conviene situar esta iniciativa en el marco de la discusión existente en los Estados Unidos en relación a sus prioridades en materia estratégica. Sería un error imperdonable suponer que un proyecto como el ALCA se promueve tomando en cuenta tan sólo sus facetas económicas. Ninguna iniciativa de tal envergadura cuenta con el aval de Washington en base a exclusivas consideraciones de orden comercial o financiero. Pese a la penosa rusticidad que exhibe gran parte de la clase política norteamericana –y de la cual George Bush Jr. es uno de sus ejemplos más rotundos– no hay que olvidar que, por debajo del tinglado electoral existe un sofisticado y complejo entramado de instituciones y agencias que reclutan a algunos de los intelectuales y expertos más destacados de ese país y que son ellos quienes producen las visiones de largo plazo que orientan la conducta de los ocasionales ocupantes de la Casa Blanca.
En un trabajo reciente, Robert Kagan –de la Hoover Institution y uno de los más influyentes asesores de George Bush Jr.– sostenía que los Estados Unidos, a diferencia de Europa, deben ejercer su poder “en un mundo anárquico y Hobbesiano, en el cual las leyes y normativas internacionales son inseguras e inciertas, y la verdadera seguridad, defensa y promoción de un orden liberal todavía dependen de la posesión y uso de la fuerza militar”. Es por eso, continúa nuestro autor, que los Estados Unidos deben con frecuencia actuar como un verdadero “sheriff internacional”, y que pese a su autodesignación es ampliamente bienvenido porque trata de imponer la paz y la justicia en un mundo sin leyes. En tal escenario, los que están fuera de la ley deben ser neutralizados o destruidos. Siguiendo con esta alegoría del lejano Oeste, Kagan sostiene que Europa, en cambio, no desempeña el papel del sheriff sino el del cantinero, a quien sólo le importa que los malvados consuman sus licores y gasten el dinero obtenido con sus fechorías en su local (Kagan, 2002: 1, 10-11). Nuestro autor remata su argumentación apelando a un trabajo de un experto británico, Robert Cooper, quien alega que al tratar con el mundo exterior a Europa “debemos regresar a los métodos más brutales de antaño –la fuerza, el ataque preventivo, el engaño y cualquier cosa que sea necesaria. [...] Entre nosotros mantenemos la ley, pero cuando operamos en la jungla debemos también utilizar las leyes de la jungla”. La jungla es, obviamente, todo el resto del planeta que se encuentra más allá del Atlántico Norte.
Esta visión de Kagan y Cooper ya había sido anticipada, unos años antes, por un trabajo de otro notable intelectual orgánico del establishment norteamericano: Samuel P. Huntington quien, a diferencia de algunos izquierdistas extraviados como Michael Hardt y Antonio Negri no alberga la menor duda acerca del carácter imperialista del actual orden mundial3. Su preocupación es, en cambio, la debilidad de los Estados Unidos en su condición de “sheriff solitario” en un mundo signado por lo que algunos teóricos denominan “el momento unipolar”. Según este autor, la especificidad de la actual coyuntura internacional obliga a Washington a ejercer el poder internacional de forma despótica e inconsulta. El temor de Huntington es que la reiteración de esta conducta pueda precipitar la formación de una amplísima coalición anti-norteamericana en donde no sólo se enrolen Rusia y China sino también, si bien en diversos grados, los estados europeos, lo cual pondría seriamente en crisis al actual orden mundial. En cuanto “sheriff solitario” los Estados Unidos fueron compelidos, por imperio de las circunstancias, a presionar a otros países para que adopten valores, prácticas y normas norteamericanas; a que acepten la legislación de los Estados Unidos en una gran cantidad de temas; a que favorezcan los intereses corporativos norteamericanos “bajo los slogans del comercio libre y mercados abiertos”, a la vez que Washington se las ingeniaba para “modelar las políticas del FMI y el BM para servir a esos mismos intereses” (Huntington, 1999: 48).
A esta lista de odiosas iniciativas, que hemos presentado en forma resumida en este trabajo, podríamos agregar, sin dificultad alguna, la siguiente: “promover la creación del ALCA para favorecer los intereses de las grandes corporaciones norteamericanas”, y la enumeración estaría completa. Las palabras del Secretario de Estado Colin Powell en relación a las expectativas que Washington tiene en relación al ALCA ahorran cualquier esfuerzo interpretativo: “nuestro objetivo es garantizar para las empresas norteamericanas el control de un territorio que se extiende desde el Ártico hasta la Antártica y el libre acceso sin ninguna clase de obstáculo de nuestros productos, servicios, tecnologías y capitales por todo el hemisferio”. Así, mientras algunos sectores de la izquierda exhiben una enfermiza tendencia a olvidarse de la existencia de la lucha de clases y el imperialismo (probablemente por temor a ser sindicados por el prevaleciente consenso neoliberal como extravagantes y ridículos dinosaurios fugados del Parque Jurásico del socialismo), los mandarines del imperio, preocupados como están por aconsejar con sus conocimientos a las clases dominantes que se enfrentan a diario con los antagonismos clasistas y las luchas emancipadoras no pueden darse el lujo de distraerse con elucubraciones metafísicas. Esta es una de las razones por las que Zbigniew Brzezinski, ex Director del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, es tan claro en su diagnóstico y celebra sin tapujos la a su juicio irresistible ascensión de los Estados Unidos a la condición de “única superpotencia global”. Pero preocupado por asegurar la estabilidad a largo plazo de la fase imperialista abierta tras el derrumbe de la URSS, Brzezinski identifica los tres grandes principios orientadores de la estrategia geopolítica norteamericana y al interior del cual será preciso descifrar el significado del ALCA: primero, impedir la colusión entre –y preservar la dependencia de– los vasallos más poderosos en cuestiones de seguridad (Europa Occidental y Japón); segundo, mantener la sumisión y obediencia de las naciones tributarias, como las de América Latina y el Tercer Mundo en general; y tercero, prevenir la unificación, el desborde y un eventual ataque de los “bárbaros”, denominación ésta que incluye desde China hasta Rusia, pasando por las naciones islámicas del Asia Central y Medio Oriente (Brzezinski, 1998: 40).
Sobre la supuesta irrelevancia de América Latina
Este es, en resumidas cuentas, el marco estratégico en el cual debemos comprender al ALCA. Cualquier otra consideración que sea hecha al margen de estas directrices no alcanza a captar, en toda su dimensión, la magnitud y complejidad de la amenaza que se cierne sobre nuestro futuro.
No obstante, no son pocos quienes en nuestros países se esmeran en persuadir a la opinión pública, los dirigentes sociales y los gobiernos que, en realidad, a los Estados Unidos no le interesa América Latina porque la región no pesa en el escenario internacional, sus países no son “jugadores centrales” en la arena mundial y sus economías no gravitan en los mercados globales. Esta “ocurrencia” –pues no se trata de una idea, que siempre tiene un elevado grado de elaboración intelectual– ha cundido como una plaga en nuestra región. En la Argentina, durante el apogeo de la doctrina de las “relaciones carnales”, al igual que en Chile y México fueron muchos los publicistas que propagaban esa creencia, con el beneplácito de las autoridades norteamericanas. En efecto, no podía extrañar que Washington contemplase con satisfacción la extraordinaria aceptación, propia de mentalidades coloniales ansiosas de obtener la aprobación del amo, de una tesis que colocaba de partida a los países de la región en una situación muy desventajosa a la hora de negociar con el imperio: nada mejor que tener rivales o competidores convencidos de su minusvalía y de su irrelevancia. Sin embargo, bajo una mirada más atenta la doctrina de la “negligencia benigna”, que así se llama esta impostura, se revela como una burda mentira, una actitud hipócrita que busca por medio de este artilugio desalentar cualquier tentativa de cuestionar las relaciones de subordinación establecidas entre la potencia hegemónica y nuestros países.
Pese al “discurso oficial” América Latina tiene una importancia estratégica fundamental para los Estados Unidos, y es la región que le plantea mayores desafíos en el largo plazo. Hay un indicio inapelable: en los años ochentas, en el apogeo de la “guerra de las galaxias” lanzada por Ronald Reagan en el marco de la segunda guerra fría, el personal diplomático adscripto a la embajada de los Estados Unidos en México era superior al que se hallaba estacionado en todo el territorio de la Unión Soviética. En la concepción de los expertos de la época, la URSS era un problema transitorio de los Estados Unidos, mientras que América Latina constituía un problema permanente y cuya puerta de entrada se hallaba en México. En otras palabras, la geografía prevalecía por encima de la política. La convulsionada frontera entre la opulencia norteamericana y el sur subdesarrollado y pauperizado estará siempre ahí, más allá de los avatares de la política internacional en cualquier otra región del planeta. Por eso América Latina es prioritaria para los Estados Unidos.
En un trabajo reciente –que publicamos en este número del OSAL– el economista cubano Osvaldo Martínez planteaba con claridad este problema al subrayar que nuestros países son la región
“… donde el apetito del imperio se excita con los mercados por controlar, las esferas de inversión de capital por dominar, las empresas públicas por privatizar, los lucrativos sectores de servicios por someter la barata fuerza de trabajo por explotar. Es la región donde hay petróleo, agua, biodiversidad y espacio geoestratégico para ampliar su red de bases militares”.
Abundando en detalles Martínez señala que América Latina pese a no ser la primera región petrolera del mundo es sin la menor duda aquella que puede ofrecer un suministro más cercano y seguro a mediano plazo. Esto constituye un dato harto significativo cuando las reservas petroleras de la superpotencia no alcanzan para más de diez años y cuando el tembladeral del Medio Oriente, agravado por la invasión a Irak, demuestran el riesgo creciente que enfrenta el abastecimiento externo de los Estados Unidos. Esto explica, también, la atropellada conducta de la Casa Blanca durante el fallido golpe de estado de Venezuela, en abril de 2002, ansiosa por poder contar con un “gobierno amigo” en una de las más ricas regiones petroleras del planeta. Por otra parte, los países de América Latina albergan nada menos que la tercera parte del potencial mundial de agua del planeta, y la cuenca acuífera localizada en Chiapas es una de las más importantes de la región. Téngase en cuenta que mientras América Latina posee en su conjunto los ríos más caudalosos del mundo el Suroeste norteamericano se enfrenta ante su inexorable desertificación, y el suministro del líquido para la ciudad de Los Ángeles será un desafío formidable en pocas décadas más. Tan es así que ya existen proyectos para construir un gigantesco acueducto desde el sureste mexicano hasta el sur de California, a los efectos de garantizar el suministro de agua a esa región de los Estados Unidos. En una época en que se dice que las guerras del siglo XXI serán ocasionadas por el acceso al agua es difícil de entender que dicha problemática no sea tenida en cuenta por los estrategos norteamericanos en el diseño de sus políticas para nuestra región. En términos de biodiversidad Martínez señala que América Latina cuenta con el 40 % de las especies animales y vegetales existentes, lo que constituye un imán poderosísimo para las grandes transnacionales norteamericanas dispuestas a imprimir el sello de su copyright a todas las formas de vida animal o vegetal existentes. Véase si no la excepcional importancia que en las diversas rondas comerciales internacionales ha adquirido el tema de los derechos de propiedad intelectual, íntimamente relacionados con la cuestión de la biodiversidad. Por último, desde el punto de vista territorial, América Latina es una retaguardia militar de crucial importancia. Desde Sun Tzu hasta von Clausewitz, pasando por Maquiavelo, el control territorial es un componente decisivo en cualquier conflicto armado. Si lo espacial no fuera importante, ¿cómo entender que los Estados Unidos tienen más de ciento cincuenta bases y misiones militares desperdigadas por los cinco continentes? Una de las lecciones más importantes de la reciente invasión a Irak es precisamente esa: no basta con la capacidad de destrucción, que los Estados Unidos retiene en una proporción abrumadora. La guerra se gana cuando se puede ocupar un territorio. Asegurarse que este territorio latinoamericano no caiga en poder de fuerzas adversarias es un imperativo crucial de Washington.
Por último, si nuestra región y nuestros países fuesen tan irrelevantes, ¿por qué Washington persiste durante más de cuarenta años con su criminal bloqueo a Cuba? ¿Por qué ha intervenido, por todos los medios a su alcance y sin ninguna clase de escrúpulos morales, para abortar procesos reformistas sin hablar del sistemático ataque lanzado contra cualquier gobierno revolucionario? ¿Por qué esa secuencia interminable de intervenciones militares, invasiones, golpes de mercado, asesinatos políticos, sobornos, campañas de manipulación de la opinión pública y desquiciamiento de procesos democráticos perpetrados contra una región carente por completo de importancia? La verdad es que Washington no se preocupa por América Latina en la medida en que las elites locales tengan la situación bajo control. Pero basta que haya la menor sospecha de que las cosas pueden comenzar a cambiar en un país, por pequeño que sea, para que el mismo sea catapultado al tope de la agenda internacional de los Estados Unidos y se exhumen los consabidos discursos sobre las “amenazas a la seguridad nacional” norteamericana. Entre esas “amenazas” que en el último medio siglo provocaron el obsesivo interés de los gobernantes norteamericanos en la región sobresalen, junto a Cuba, la Guatemala de Arévalo y Arbenz, la República Dominicana de Juan Bosch y Francisco Caamaño Deñó, la Argentina de Illia, el Brasil de Goulart, el Chile de Allende, la Nicaragua sandinista, la Grenada de Bishop, el Panamá de Torrijos y tantas otras superpotencias militares, económicas y políticas de nuestra América que con sus amagos reformistas amenazaban mortalmente la continuidad del imperio. La tesis de la “negligencia benigna” se derrumba ante la sola enumeración de algunos simples hechos históricos.
El ALCA como la cristalización de la hegemonía actual de los EE.UU. en el sistema internacional
Para concluir, el ALCA no es otra cosa que una tentativa de coagular las relaciones de fuerza predominantes en la actual coyuntura internacional. Esta se caracteriza por la profundización de los desequilibrios dentro de la tríada dominante, en donde la prolongada recesión económica que afecta al Japón y las dificultades que obstaculizan la recuperación económica europea le confieren a los Estados Unidos una situación extraordinariamente privilegiada. Este desplazamiento de los “principales vasallos” de Washington, para utilizar la expresión de Brzezinski, unido al suicidio de la ex-Unión Soviética y la cautelosa aparición de China en el escenario privilegiado de la política internacional le otorgan a los Estados Unidos un margen de maniobra jamás alcanzado antes en su historia. Esta coyuntura está asimismo signada por un inédito retroceso de las fuerzas progresistas y de izquierda en todo el planeta, lo que no está desmentido por el reverdecimiento de muy promisorias tendencias precisamente en América Latina. Los procesos en marcha en Venezuela, Brasil y Ecuador, la tenaz resistencia de la revolución cubana y las perspectivas que se abren en un conjunto de países en donde el neoliberalismo ha fracasado rotundamente –como Argentina, Uruguay y Bolivia, para mencionar apenas unos pocos casos en Sudamérica– atestiguan lo que venimos diciendo, pero aún así la correlación internacional de fuerzas sigue siendo sumamente desfavorable para el campo popular y, por la inversa, favorable en grado extremo a los intereses imperialistas. El peso de ciertos procesos objetivos, tales como los avances de la mundialización neoliberal, la creciente vulnerabilidad y dependencia externas de nuestras economías y el férreo control que la gran burguesía transnacional ejerce sobre nuestros países mediante la labor del FMI, el BM y la OMC reproduce a su vez las condiciones que facilitan los planes del gobierno norteamericano y el conglomerado de oligopolios que lo controlan. Dadas estas condiciones, la creación del ALCA equivaldría al otorgamiento de un estatuto legal a una situación de transitoria pero abrumadora hegemonía del capital imperialista, estableciendo por eso mismo una serie de mecanismos institucionales y legales que consagrarían la irreversibilidad de tal situación. Le asiste toda la razón al Presidente Fidel Castro cuando, en su discurso del Primero de Mayo de 2001 dijera que “el ALCA, en las condiciones, plazo, estrategia, objetivos y procedimientos impuestos por Estados Unidos conducen inexorablemente a la anexión de América Latina a Estados Unidos” (Comandante Castro Ruz, 2001).
Por todo lo anterior se desprende que es necesario y urgente impedir la concreción de este proyecto. En palabras de Martí, la puesta en marcha de un proyecto de ese tipo “le hará mal a América”. Los borradores del proyecto, discutido al margen de toda clase de escrutinio público cual si fuera una conspiración de malhechores, incluyen entre sus puntos más sobresalientes los siguientes:
a) la completa liberalización del comercio y los servicios, incluyendo la educación, la salud y la previsión social, que sufrirían un proceso de total mercantilización. De esta manera todas estas actividades caerían en poco tiempo en manos de las gigantescas firmas norteamericanas y los gobiernos de la región carecerían de instrumentos de política pública para incidir sobre estas áreas.
b) garantizar la más irrestricta libertad para los inversionistas externos, cuidándose los gobiernos anfitriones de interponer limitaciones de cualquier tipo a sus actividades, a sus estrategias de inversión y a sus decisiones en materia de remesas de utilidades a sus casas matrices.
c) abrir por completo el mercado de los contratos gubernamentales, sea a nivel nacional como provincial y municipal, a los efectos de facilitar la participación de cualquier empresa nacional o extranjera. De este modo se destruye una importantísima arma de la política económica, cual es la utilización del poder de compra del estado.
d) eliminación unilateral y completa de todas las restricciones al comercio, poniendo fin al proteccionismo arancelario o no-arancelario por igual, apelando, por ejemplo, a normas relativas a la salud pública o de preservación del medio ambiente.
e) supresión de los subsidios a la exportación de productos agropecuarios así como de cualquier requisito susceptible de ser utilizado para entorpecer el flujo comercial en este terreno.
f) garantizar el más estricto respeto a los derechos de propiedad intelectual, lo que en la práctica significa aceptar la apropiación de los bienes de la naturaleza por empresas oligopólicas dotadas de enormes recursos tecnológicos que les permitirán patentar plantas, animales y semillas.
g) asegurar que los gobiernos firmantes del acuerdo se abstendrán de promover prácticas comerciales anti-competitivas como, por ejemplo, la preservación de empresas estatales monopólicas en sectores claves de la economía.
h) al igual que se estipula en el por ahora abortado Acuerdo Multilateral de Inversiones, cualquier disputa entre los países del ALCA o entre éstos y las empresas transnacionales deberá ser dirimido ante tribunales especiales de mediación, poniendo fin de este modo a cualquier arresto de soberanía nacional en cuestiones centrales de la vida económica y social de nuestros países.
En suma, el ALCA es un proyecto que pretende institucionalizar nuestra subordinación al imperialismo forzando la capitulación de los intereses de los pueblos latinoamericanos ante la potencia hegemónica. Se trata de lograr la silenciosa anexión de nuestros países a los Estados Unidos, liquidando definitivamente cualquier pretensión de soberanía y autonomía nacionales.
Por eso mismo, el ALCA es incompatible con la libertad, la democracia y el bienestar de nuestros pueblos. Por eso tiene que ser negociado en secreto, a espaldas del pueblo, dado que es indefendible ante los ojos de la opinión pública: sólo favorece a las grandes empresas y a sus aliados, a sus representantes políticos e ideológicos y a los pequeños grupos y sectores integrados a la hegemonía del capital. Para la abrumadora mayoría de la población latinoamericana el ALCA vendría a concretizar la peor profecía de Simón Bolívar a la cual nos refiriéramos al principio, sembrando de miserias nuestro continente en nombre de la libertad. Cabe recordar una vez más las palabras de Martí: “el pueblo que quiera ser libre, que sea libre en negocios”. Y también aquellas otras que decían que era preciso “ser cultos para ser libres”. La batalla de las ideas, el combate por los sentidos adquiere un carácter fundamental en el mundo de hoy. El ALCA es el caballo de Troya mediante el cual se introduce en los pueblos latinoamericanos la conciencia resignada de nuestro inexorable destino como colonias de los Estados Unidos. Por ello es preciso salir con energía y resolución a librar el gran combate de las ideas, la madre de todas las batallas. Antonio Gramsci, dijo en reiteradas ocasiones que las clases y capas subalternas deben ser dirigentes si es que alguna vez quieren ser dominantes. Y ser dirigentes significaba tener la capacidad de derrotar al “sentido común” y a las ideas dominantes sobre las cuales la burguesía y sus aliados asentaban su dominio. No se va a derrotar al ALCA con la crítica de las armas, terreno al cual nos pretende conducir el imperialismo pues es precisamente allí donde la desproporción entre su gigantesca potencia militar y la nuestra es insuperable, y origen de una segura derrota. Lo derrotaremos, como lo hizo Martí, con las armas de la crítica, librando el combate en el terreno de las ideas, concientizando a las grandes masas de nuestras sociedades y preparándolas intelectual y moralmente para resistir a pie firme esta nueva tentativa de anexión imperial.
Bibliografía
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Notas
(*) Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO. Profesor de Teoría Política y Social en la Universidad de Buenos Aires.
(1) Una primera versión de este trabajo fue presentada ante el II Encuentro Hemisférico de Lucha contra el ALCA, La Habana, Cuba, 25 al 28 de Noviembre de 2002.
(2) Cf. Entrevista del autor a Noam Chomsky, en Página 12.
(3) Una crítica sistemática a las erróneas tesis de Michael Hardt y Antonio Negri desarrolladas en su libro Imperio se encuentra en Boron, 2002.
Author: Atilio Boron(*)


El ALCA y la culminación de un proyecto imperial (1)